En Franz Ferdinand todo es vértigo, intensidad, velocidad, un golpe preciso, sin preámbulos ni contemplaciones. Un asunto de contingencia: la banda llegó ayer cerca de las 18 horas a Santiago, tres horas antes de su recital en Movistar Arena, y se pretendía ir sólo horas después de su show, como una forma de zafar rápido de las posibles réplicas que azotan al país y que aterrorizan a los extranjeros.
Pero también un asunto artístico: pocos grupos hoy despuntan una performance tan intensa como la de los escoceses. Su energía es apabullante, su vigor atropella y sus canciones son un puñetazo eléctrico que mezcla lo más granado del post punk y la new wave de inspiración fiestera de fines de los 70.
No son un conjunto particularmente virtuoso: su vocalista, Alex Kapranos, es un cantante regular y el resto de su contingente no luce una técnica superdotada. Pero con el paso de los años han sido capaces de facturar un sonido propio, una identidad definida, con esas guitarras que atacan como navajas y composiciones que galopan como torbellino. Kapranos además se ha configurado como una suerte de dandy de fraseo marcado y estilizado.
De esa receta fueron testigo las cerca de 8 mil personas que llegaron anoche al reducto de Parque O’Higgins, en el reencuentro de Franz Ferdinand con su fanaticada local, luego de las recordadas presentaciones de 2006 (cuando telonearon a U2 y cuando fueron al Festival de Viña). Con 35 minutos de retraso, el cuarteto salió a escena con una mezcla de las canciones de su último trabajo, Tonigh (2009), como Ulysses y Turn it on, con clásicos instantáneos, como Do you want to, The dark of matineé y Take me out.
El coro de la hinchada fue inmediato. El baile, explosivo, con el Movistar Arena como una improvisada discoteca comandada por los cuatro músicos. En la banda, la receta es manejada con destreza por las guitarras de Kapranos y Nick McCarthy, los dos polos donde se sustenta la fórmula de la agrupación. Sus riffs punzantes son la marca registrada de la banda y, pese a que en un comienzo el sonido se palpaba grueso y sin matices, siempre fueron los integrantes que mejor lucieron.
"¿Están bien?", pregunta el líder cerca de los 20 minutos de espectáculo. El escenario es en extremo simple, con una pantalla trasera que de vez en cuando arroja imágenes de sus videos o regala secuencias con ciertos pasajes vanguardistas que tanto obsesionan al grupo. Es que Franz Ferdinand no necesita aditivos: su fiera puesta en escena también se equilibra con una interesante búsqueda de sonidos que han impulsado en los últimos años, sobre todo en su último álbum. En Ulysses el uso de sintetizadores da una pincelada funky a la melodía; mientras que el final, con Lucid dreams, tiene claros trazos de la electrónica de vieja cuna.
Para el final, para el último tramo de los 90 minutos de concierto, llegan además los instantes más emotivos: antes de Walk away, Kapranos dedica el concierto a todas las personas que ha sufrido el último tiempo en el país, luego del reciente sismo. Además, otra batería se monta en escena y los cuatro músicos terminan golpeándola y creando un sonido atronador.
Fue el reencuentro definitivo con una de las mejores bandas del nuevo siglo. Un regreso intenso y que desde ya se anota como uno de los shows más memorables de 2010. Cuando Franz Ferdinand viene a Chile, nunca aspira a menos.