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Bariloche desde el Nahuel Huapi


En velero, lancha y kayac, otras formas de conocer los paisajes cercanos, con misteriosas historias de una antigua criatura llamada Nahuelito.

por Carolina Reymundez, para revista Viajes | 05/12/2008 - 12:28

La tarde apenas comienza. Todavía no hace frío y el sol se esconde entre nubes espesas y largas. A lo lejos se ven montes de cipreses, cortinas de álamos amarillos y algunos sorbus de frutos rojos y brillantes. Todo está listo para la excursión a la Isla Victoria. No es la clásica excursión masiva en catamarán, se trata de un paseo a vela por el Nahuel Huapi. Se podría decir que es una muestra de slow tourism del otro lado de la cordillera. 

El velero espera en Puerto Pireo, en el kilómetro 17 de la Avenida Bustillo, cuando Bariloche deja el centro y se vuelve residencial. Es un J24, tiene 8 metros de eslora y lo trajeron hace un par de meses de Brasil. "Está acostumbrado al mar, pero ya le tomó el gusto al lago", me dice Pancho Rodríguez Grimaldi, el timonel del Samba.

Pancho es flaco y se mueve adentro del velero con la destreza de una trucha en estos lagos del sur. Ha hecho muchos trabajos durante su vida, pero nunca dejó de navegar. Hoy anda por los cuarenta y cuando tenía veintitantos recorrió el Mediterráneo en velero. Hasta cruzó el Atlántico desde las islas de Cabo Verde. Cuenta que tardó nueve días y pasó una tormenta eléctrica que no puede olvidar.

El velero avanza por el Brazo Campanario y las historias de mar fluyen apaciblemente en el lago. Hasta que de repente, todo cambia. De ir sentados escuchando cuentos marinos, los pasajeros vamos escorados, volcados a estribor con el agua muy cerca de los pies y cara de asustados. En el lago todo puede cambiar rápidamente. Como ahora, que vino una ráfaga y el velero va rapidísimo, a siete nudos.

El capitán dice que no hay peligro a la vista, pero el viento desató la acción. Pancho Rodríguez caza y fila y toma el timón y no deja de mirar la vela ni un segundo. Hace un giro en U y retoma el rumbo hacia la salida del Campanario.

El Nahuel Huapi es el cuarto lago más grande de América del Sur. Tiene siete brazos y profundidades que alcanzan los ¡464 metros! También tiene varios islotes y una gran isla, Victoria, de más de 4.000 hectáreas, hacia donde avanza el Samba, como se llama este velero con saudades de Brasil.

El fin del Brazo Campanario está cerca cuando Pancho pone mala cara. "¿Qué pasa?", pregunta la chica de cabello crespo y ojos verdes. No vamos a poder atravesar, ha bajado el caudal del lago y la profundidad no alcanza para salir. Además, paró el viento y avanzamos muy lento. Hay llamados, teléfonos que suenan y un silencio en la marcha, que aprovechan para tomar fotos de los paisajes en la Península San Pedro, donde funciona además de un criadero de gallinas, el famoso ahumadero de la Familia Weiss.

Los llamados terminaron y Pancho da la noticia: hay que seguir en lancha. Termina de decirlo y se ve una embarcación que se acerca velozmente desde el muelle de Puerto Pireo. En el medio del lago, que por aquí tiene apenas un metro de profundidad, se hace el cambio de nave. El paseo de slow tourism se ha convertido en turismo de aventura.

El cielo acompaña el cambio. Hay más nubes y se reflejan en el agua que parece cada vez más pesada y quieta. La lancha se abre camino y corta el lago como una tijera filosa. Pancho se quedó en el velero y el nuevo capitán es Pablo, que ahora saca una carta de navegación y explica dónde estamos: "Estamos en la punta Sur de la isla, ahí, ven ese triángulo. Ahora vamos a ir costeando hasta el muelle de Puerto Gross, donde bajaremos a ver el bosque de secuoias", dice con las manos en el timón y sin sacarse sus anteojos espejados que reflejan la proa y el cielo.

Es temporada baja y día de semana, así que no hay otros barcos en el lago. Una pasajera de Buenos Aires pregunta qué se sabe de Nahuelito, esa supuesta criatura animal que vive en las profundidades del lago. Esa suerte de monstruo del Lago Ness made in Argentina. Pablo cuenta que él nunca vio nada, pero que ha escuchado historias, que dicen que existe un alemán que tiene una filmación, que hay un tal Jesús Arroyo que un día se fue de paseo al lago y nunca volvió ni se encontró el cuerpo ni la lancha.

Da la impresión de que la pasajera no quiere saber más, incluso parece que se está arrepintiendo hasta de haber preguntado. Pero Pablo sigue contando de Nahuelito. "Con esto pasa lo mismo que con los platos voladores: creés o no creés", dice. Parece que este nombre chistoso, Nahuelito, es algo nuevo. Las primeras menciones al monstruo que habita en el Nahuel Huapi son de los aborígenes de la zona, que lo llamaban "El cuero".

En los primeros años del siglo pasado, el sheriff Martin Sheffield, que llegó a la Argentina siguiendo a los famosos bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid, se refirió a un animal parecido a un gran cisne, de cuello muy largo -entre 15 y 20 metros- y su mención bastó para que el entonces director del Zoológico de Buenos Aires, Clemente Onelli, mandara una expedición al lago. Pero no hubo ningún descubrimiento. Sin embargo, los extraños "avistamientos" por turistas o locales siempre existieron y se encargaron de fortalecer el mito a lo largo de los años.

Pablo seguiría contando, pero estamos en el muelle de Puerto Gross, y toca bajar de la nave. Los catamaranes llegan a la isla por Puerto Anchorena, donde hay un gran muelle. Arribar en lancha o en velero es como llegar por la puerta de atrás. Se ven algunas casas: en la isla viven sólo cinco familias, todas empleadas de Parques Nacionales. Después de atravesar un sendero de hojas secas, se pasa frente al chalet de madera de Aaron Anchorena. La casa tiene cerca de cien años y está a punto de desplomarse, pero hace unos días anunciaron que será recuperado y puesto en valor para el turismo.

Aaron Anchorena nació en 1877 y fue hijo de una de las familias más ricas del país. También fue el primer turista de la Isla Victoria, en 1902. Llegó con unos amigos en un vapor que navegaba por el Nahuel Huapi. Acamparon varios días y Anchorena quedó encantado con el lugar. Al poco tiempo instaló un astillero donde se construyó la goleta Pampa, la primera que navegó el lago.

También trajo faisanes y ciervos -pensaba hacer un coto de caza- que todavía pasean sus cornamentas entre los coihues de la isla y plantas exóticas. Después de Anchorena, hubo un gran vivero experimental en la isla, que dejo entre otros árboles, amplios bosques de secuoias, traídas de California y plantadas en 1928.

Después de una caminata corta -aquí la isla tiene menos de un kilómetro de ancho-, se llega a Puerto Anchorena, donde siempre hay turistas, movimiento de catamaranes y una cafetería. Enfrente se ve el cerro Millaqueo con perfil de cacique. Para los que se animen a subir algunos cientos de escalones, la Hostería Isla Victoria, el único hotel de la isla, tiene las mejores vistas de la zona y un té memorable.

La tarde está a punto de irse y Pablo, el capitán de la lancha, dice que es hora de regresar. Las nubes se han vuelto rosadas y hace un poco más de frío. El lago está calmo y el agua tiene un aspecto denso. El marcador high tech de la lancha dice que estamos a 168 metros de profundidad. Todo parece bajo control… hasta que en un momento suena una alarma "pi pi pi" y en el marcador high tech se lee: 0,80 cm. Pablo está pálido. La lancha transita por el medio del lago, no hay piedras alrededor y técnicamente es imposible que haya tan poca profundidad.

Los pasajeros se miran y están a punto del entrar en pánico cuando la alarma deja de sonar y la profundidad vuelve a los ciento y pocos metros. Fueron apenas tres segundos, pero se hicieron larguísimos, y aunque no puedo leer la mente, juraría que en esos tres segundos todos pensamos en Nahuelito. Un fanático de la serie Lost no puede evitar la pregunta: "¿ Y si volvemos a ver qué era?". Pero los demás le sueltan una mirada matadora y la lancha, bañada por una ola de turismo místico, regresa a puerto sin mirar atrás.


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