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    12/1/2011

¿Por qué gritan los magallánicos?, por Claudia Urzúa

Publicado por La Tercera, 12 de enero de 2011

En la "guerra del gas" de Magallanes, que tiene a la comunidad a punto de embarcarse en una gran movilización (mientras el país se divide entre los que están a favor, los que están en contra y los que no entienden nada), hay un factor que se escapa una y otra vez a los observadores que intentan explicarse el porqué del rechazo cerrado con que los magallánicos han recibido el anuncio del alza de la tarifa del gas. Es la convicción de la diferencia de sus condiciones de vida respecto del resto de los chilenos, sostenida por un sentimiento regionalista que, una vez encendido, cuesta mucho apagar.

No es tanto el dolor del bolsillo lo que hace gritar a los magallánicos, sino la soltura y la indiferencia con que, ellos piensan, la autoridad central del país intenta retirarles un subsidio que, más que un beneficio, sienten un derecho ganado. Viven en Magallanes, "la orgullosa tierra conquistada" del poema de Fernando Ferrer, y, piensan, sólo ellos conocen bien las enormes cuotas de amor, voluntad y sacrificios que se requieren para afrontar la vida en el extremo austral.

Cierto: a las generaciones actuales no les toca tan rudo como a los primeros que llegaron, esa mezcla de chilotes, croatas y otros colonos europeos que dieron forma a la comunidad. Ni siquiera cae el metro y medio de nieve con que mis propios padres lidiaban en los 70 para poder abrir la puerta de la casa, porque el clima se ha ablandado. Pero sólo un poco. En general, Magallanes ha progresado, como todo el país. Tiene leyes especiales, como la Ley Austral y la Ley Navarino, aunque algún magallánico podría decir que no ha sido gracias a ningún gobierno. No es una región dejada de la mano de Dios, como dijo alguien en estos días. Suele ocupar buenas posiciones en los rankings de empleo y estar fuera de la pobreza extrema.

Pero cuando se trata del gas, las circunstancias actuales dan igual y es el peso de la historia lo que los mueve. De alguna manera, el gas terminó por convertirse en el símbolo de lo que cuesta vivir allí y en la cara visible de una identificación con las demandas regionales, que a más de alguien tendrá perplejo por su vehemencia.

El magallánico se sabe y se siente distinto a sus compatriotas. Es muy común que se refiera al resto del país (es decir, a catorce regiones más) como a "Chile" y que se defina como "magallánico" antes que "chileno". Dirá que va "al norte", aunque el destino de su viaje sea Puerto Montt y no Arica. Y por donde pase, hará oír su acento típico y palabras que sólo se usan allá, para que los coterráneos que lo escuchen sepan que están frente a un par.

En Punta Arenas, la única librería establecida despliega decenas de libros de historia local. A diario, cerca del mediodía, un grupo de ciudadanos de ascendencia croata se reúne en un café de la ciudad para conversar sobre la marcha de la región y discutir, de vez en cuando, cuál de las familias a las que pertenecen lleva más años haciendo patria por allá. En las esquinas del centro, los vendedores sostienen, uno en cada mano, los dos diarios regionales, que se venden como pan caliente desde la madrugada. En los cafés y restoranes, en la fila del banco o la farmacia, los magallánicos suelen discutir sobre el acontecer regional. La historia se respira en las hermosas calles del barrio cívico, desde el palacio de la pionera Sara Braun hasta el puerto, de importancia mundial hasta la apertura del Canal de Panamá.

Aunque históricamente los hubo, ningún intento separatista o federalista prosperó realmente, pero eso no basta para que en Magallanes exista una verdadera sensación de equivalencia con el resto del país.  En alguna parte de su inconsciente colectivo, la comunidad ha establecido un trato con Chile: de pertenencia, pero no de igualdad; de autonomía, hasta que se meten "con lo de uno", como el gas. La República Independiente de Magallanes, que ha exhibido en estos días su bandera coronada por la Cruz del Sur, no quiere tanto amputarse del país como ser reconocida en sus características particulares. Una de ellas es su facilidad de desplazamiento en el espectro político: la alta votación que obtuvo Sebastián Piñera en una región tradicionalmente identificada con el voto de izquierda es una prueba de ello. Pero, ¿cómo lo logró el Presidente? Hablando, entre otras cosas, del gas domiciliario. ¿Y dónde están sus votantes ahora? Manifestándose en la Costanera o decorando las casas con banderas negras, sin un asomo de contradicción interna.

Por el peso de su historia y el sentimiento regionalista (quizás no inédito, pero sí llamativo) que vive en la comunidad, comparar una cuenta de gas promedio con la de un habitante de otra región equivale, desde el punto de vista ellos, a apagar el incendio con bencina: esa será la realidad de Chile, pero no la de Magallanes, piensan. No quieren ley pareja. Para ellos no es justo. Y es una certeza tan profundamente adherida que convocó a cuatro parlamentarios (dos independientes, un PS y una DC), empresarios, jubilados, obreros, representantes de la Iglesia, estudiantes y lo que la Asamblea Ciudadana llama "las fuerzas vivas". Hace tiempo que no se veía tanta comunidad organizada, y tenía que ser allá lejos, allá abajo, en medio de tanto frío.

Puede haber sorpresas. ¿O alguien se esperaba el Puntarenazo de los años 80?

Claudia Urzúa
Periodista y magíster (c) en Historia, autora de "Chile en los ojos de Darwin".