Patio de Chacales, horror y suspenso en el Chile de 1975
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La película del realizador Diego Figueroa describe un velado clima de represión y miedo en el Chile de 1975 a través de dos anónimos santiaguinos interpretados por Néstor Cantillana y Blanca Lewin. Ganadora del Festival de Tallinn en Estonia y premiada en el Festival de Cine de Viña del Mar, Patio de Chacales se exhibe actualmente en salas locales.
Raúl tiene apenas un par de ocupaciones en el año 1975. O, mejor dicho, posee tres. Atiende a su madre que yace postrada para siempre en cama, realiza maquetas de casas y edificios para ganarse la vida y cuida de un canario, el único ser en este mundo con el que parece comunicarse con cierta comodidad. Además de eso, va a la casa de su vecina Laura a buscar las comidas que ella le prepara diariamente para su mamá.
Raúl, encarnado por Néstor Cantillana, y Laura, a cargo de Blanca Lewin, no son particularmente políticos, pero saben que en el Chile de ese tiempo pasan cosas. No es intención de ninguno de los dos cambiar la historia ni inscribir sus nombres en el mármol de las gestas heroicas, pero tal vez las circunstancias del momento sean las que les obliguen a tomar ciertas decisiones.
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Su travesía será la de personas ordinarias enfrentadas a hechos extraordinarios y es ahí donde se mueve todo el resorte narrativo de Patio de chacales, la película de Diego Figueroa que ya está en las salas de cine nacionales y que aborda uno de los períodos más oscuros del régimen militar a través del suspenso y el horror.
Precedida del cortometraje Los vecinos (2015), que contaba la historia de un hombre hosco y contumaz asediado por los ruidos de evidentes torturas al lado de su casa, Patio de chacales plantea el derrotero de Raúl, un profesional solitario que a pesar de sus escasas habilidades sociales logra vencer las barreras de su personalidad poco a poco. Los sonidos que vienen del otro lado de la muralla obedecen a evidentes interrogatorios y hay gente en peligro a la que eventualmente el podría tender una mano... o no.
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En esta tarea, su vecina Laura asume un rol más activo: ella trabaja además como ténica en documentales y decide ayudar a Raúl a captar todos los sonidos que vienen del otro lado del muro.
La película de Diego Figueroa tiene una cuidada reproducción de época que refleja un tipo de barrio del viejo Santiago hoy en retirada (se utilizaron locaciones en Quinta Normal) y además el sonido es otro de los protagonistas de la historia. No sólo corresponde a lo que pasa en la casa al lado de Raúl, sino que ayudan a puntuar el clima de tensión y casi de horror que a veces se siente en la historia.
El filme premiado recientemente como la Mejor Ópera Prima en el Festival de Cine de Tallinn (Estonia) y como Mejor Película en el Festival de Cine de Viña del Mar está también marcado por la presencia de una serie de personajes sin nombre y de los que al principio sólo alcanzamos a escuchar sus voces o distinguir sus figuras cuando entran a la casa contigua a la de Raúl.
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¿Son agentes de la ley encubiertos? ¿Por qué siguen de cerca a Raúl si él es más bien neutro en política? ¿Es mejor no mirarlos de cerca? Todas estas preguntas parecen atormentar al protagonista, quien construye su propio laberinto de terror en su mente. Por el contrario, su amiga Laura es más bien activa y no teme tomarle una fotografía a una de las patentes de los autos que llegan continuamente al barrio.
De a poco, Patio de chacales se va transformando en una historia de dos personajes resilientes y enfrentados a circunstancias fuera de lo común, cada cual con las armas que posee a su alcance. El actor Néstor Cantillana lo resume así: “Fue un desafío súper grande tratar de interpretar con dignidad y hacerle justicia a un personaje que no habla mucho y que casi todo lo que comunica lo hace a través de miradas y gestos”.
Por su parte, Blanca Lewin asume las características distintas de su personaje. “Laura es bastante temeraria, totalmente diferente a Raúl. Laura va y hace las cosas, busca la justicia y quiere que todo se sepa. Está en el límite del peligro”, comenta la actriz.
Cantillana también hace hincapié en el punto de vista que asume su personaje y cree que hay puntos de conexión posible con el espectador. “Creo que la película logra el objetivo de contar su historia no desde un punto de vista tan ideológico. Es, por el contrario, la mirada que sobre la época tiene alguien común y corriente, un tipo especialmente tímido e introvertido además. Estamos hablando de alguien bastante común y silvestre que se ve obligado a tomar decisiones complejas y difíciles”.
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Lewin cree que el tono de suspenso y horror es ideal para contar relatos ambientados en este período de la historia chilena. “Este es el horror que nosotros conocemos no más. Es el de la época de la dictadura, sobre todo en los años 70. Nosotros no vivimos en Transilvania. Por eso me hace todo el sentido del mundo que una película de género que toca el terror y el suspenso se ambiente en esta época de Chile”.
Aunque Patio de chacales no se trata de ningún caso en específico, sí recurrió a la documentación y la investigación para la reconstrucción de sus escenas más difíciles. Así lo cuenta su propio realizador Diego Figueroa: “Las transcripciones de los diálogos de los interrogatorios son reales. Más allá de que mi película sea una ficción a partir de una realidad, siento que ese tipo de escenas no las podía inventar. Tenían que corresponder con la realidad. Me parece que la violencia que quería transmitir iba a funcionar mejor a través de los auténticas líneas de las sesiones de interrogatorios de esa época”.
Pero antes que nada, el cineasta -que con Patio de chacales debutó en el largometraje-, realza al tono y el clima que quería transmitir con esta obra. “La película no es un documento histórico ni la ficcionalización de un caso en particular, sino que una amalgama de distintas situaciones y de sensaciones de la época: todas funcionaban muy bien en una obra de género. El miedo, la paranoia y la violencia tienen un lugar muy importante”.
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