Alfredo Jocelyn-Holt presenta libro: “El discurso anti-elite proviene casi siempre de personas que son también de elite”

El destacado historiador nacional acaba de publicar La historia en disputa. Reflexiones y debates (1991-2024), donde compila sus escritos de los últimos 30 años y aborda temas como teoría de la historia, la memoria, las elites, la historia de Chile y la historiografía. Acá una mirada.
Con una destacada carrera como historiador, Alfredo Jocelyn-Holt ha acumulado escritos en columnas, ponencias, seminarios, presentaciones donde ha abordado temas como teoría de la historia, la memoria, las elites, la historia de Chile y la historiografía.
Algunos de ellos, que han formado parte de su producción durante los últimos 30 años, acaban de ser recopilados en el volumen La historia en disputa. Reflexiones y debates (1991-2024) que publica la casa editora Fondo de Cultura Económica (FCE).
Así, por ejemplo, piensa en una dimensión profunda de la historia en la ponencia Quien sí y quien no en la historia, donde sostiene: “A la historia hay que concebirla fundamentalmente por lo que es: un género que se lee, y subsidiariamente se escribe. Un género que supone lecturas de otra índole que estrictamente históricas, más bien poéticas, filosóficas, y primordialmente político-morales. Un género relativamente novedoso. Data más o menos del siglo XVIII en su sentido todavía actual".

La memoria ocupa un puesto en sus reflexiones, y en la columna Historia y memoria, habla didácticamente de la diferencia entre ambas. “Historia y memoria no tienen por qué andarse a las patadas, pero en Chile -apestado de intolerancia- hay quienes lo prefieren de ese modo. Las diferencias entre una y otra son claras. La memoria es fácil (hasta involuntaria), tosca y primaria; a los psiquiatras les sirve para diagnosticar patologías. Se la puede perder irremediablemente, también inducir y manipular”.
“La historia competente, habiendo historiadores aptos (especie escasa) puede, en cambio, preservar la memoria y corregir simplificaciones maniqueas tendenciosas. La pone en cuestión y somete a análisis”.

También reflexiona sobre las élites, uno de los ejes de estudio más tradicionales de la historiografía chilena. En concreto, piensa sobre los discursos en torno a esa categoría social. Lo hace, por ejemplo, en la columna La obcecación con la élite, donde señala: “El discurso anti-elite, además de fácil es solapado. Proviene casi siempre de personas que son también de élite, aunque no lo confiesen...no vaya a creerse que esta actitud anti-élite es sólo de izquierda dura. No falta el demócratacristiano que da por hecho que Jesucristo está con una ”Iglesia", no la otra (obvio cuál es cuál)“.
La historia de Chile ha sido también parte de sus reflexiones. Por ejemplo, sobre la Guerra Civil de 1891 escribió el artículo La crisis de 1891: civilización moderna versus modernidad desenfrenada, donde habla del rol de la élite en esa coyuntura. “En 1891 la élite se atrincheró en un esquema igualmente excluyente que el del pasado, claro que ahora más evidente en sus pretensiones exclusivistas a causa del ritmo ideológico pasó a ser únicamente representativo de un grupo social y perdió su legitimidad social-nacional. Por último, cundió un cierto ensimismamiento oligárquico que sólo significó sectorializar su hegemonía”.

Por último, también habla sobre historiografía, la ciencia de la investigación histórica. En su ponencia Balance historiográfico y una primera aproximación al canon, realiza un ejercicio habitual en la historiografía: plantear la revisión de los criterios con que se trabaja. “Estamos más necesitados de revisionismo historiográfico que nunca. Pero un revisionismo crítico de sí mismo, capaz de captar que éste también tiene límites, que los actos deconstructivistas de demolición de sentido no nos pueden privar de todo sentido, de cualquier sentido. No porque en el pasado se hayan producido injusticias debemos tirar todo al tacho, a la papelera de reciclaje, al basural de la historia, para así ser más plenamente ‘modernos’, ‘revolucionarios’, ‘vanguardistas’, ‘puros’ y ‘renovados’, ‘eficientes’, ‘multiculturales’, etcétera, y ahora sí lo podemos hacer ‘más mejor’”.
“Hacer hablar a los ‘sin voz’ es muy legítimo, devela vacíos y lagunas, pero hacer hablar a los ‘sin voz’ para, de ese modo, acallar a los que han sido hasta ahora, elocuentes, es simplemente totalitarismo. Confundir memoria con historia, porque supuestamente la primera sería más ‘verídica’ e impoluta que la segunda, apunta peligrosamente, también, a un revisionismo sectario”.

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