El cumpleaños de mi madre: un relato de Jaime Bayly

Jaime Bayly

Hace dos años no viajo a la ciudad donde vive mi madre, la ciudad donde yo nací, la ciudad de la que escapé cuando era joven. Hace dos años no veo a mi madre. La extraño, por supuesto. Pero no tengo ganas de viajar hasta allá lejos para estar con ella en su fiesta de cumpleaños.



Mi madre cumplirá ochenta y cinco años en los próximos días. Me ha invitado a su fiesta. Le he prometido que haré mi mejor esfuerzo para estar con ella ese día. No le he prometido que estaré con ella. Le he prometido que intentaré estar con ella. Al mencionar la palabra esfuerzo, le he dejado saber que asistir a su celebración supondría un esfuerzo para mí: haré mi mejor esfuerzo, querida mamá.

Sin embargo, tengo la impresión de que le he mentido. Presiento que no haré mi mejor esfuerzo, ni siquiera mi peor esfuerzo, para acompañarla en su aniversario. Sospecho que no haré ningún esfuerzo. Porque viajar desde la isla en la que vivo hasta la ciudad del polvo y la niebla, cinco horas en avión, más los tráficos consiguientes, supondría un esfuerzo no menor para mí.

Hace dos años no viajo a la ciudad donde vive mi madre, la ciudad donde yo nací, la ciudad de la que escapé cuando era joven. Hace dos años no veo a mi madre. La extraño, por supuesto. Pero no tengo ganas de viajar hasta allá lejos para estar con ella en su fiesta de cumpleaños. Cuando pienso en cumplir mi palabra, en hacer mi mejor esfuerzo y en viajar a la ciudad melancólica donde no pude ser feliz, unas alarmas se encienden automáticamente en el tablero nervioso de mi imaginación, avisándome de que esa travesía al coño sur me sometería a un sinnúmero de tropiezos, contratiempos, desdichas y adversidades, que, sumados, me dejarían en condición de ruinas o escombros.

La principal amenaza que se cierne sobre mí son los ruidos. Están construyendo dos edificios frente al apartamento que poseo hace años en la ciudad del polvo y la niebla. Mi asistenta de origen japonés me ha informado de que los ruidos de aquellas obras comienzan a las ocho de la mañana y no cesan hasta el final de la tarde. Si viene, no podrá dormir, doctor, me ha dicho mi asistenta. No sé por qué me dice doctor. Me gusta que me diga doctor. Ella sabe que, dondequiera que me encuentre, yo duermo entre las tres de la mañana y la una de la tarde, diez horas consecutivas, un territorio no negociable de mi libertad. Si viajo al cumpleaños de mi madre, los ruidos de las construcciones vecinas me despertarían a las ocho de la mañana y desgraciarían mis días, convirtiéndome en un ogro, un sujeto amargado, un miserable, un monstruo peludo: es lo que soy cuando he dormido apenas cinco horas.

Tendría que dormir en un hotel, para estar a salvo de esos ruidos latosos. Pero viajar hasta allá lejos, para hospedarme en un hotel, con las pérdidas consiguientes de la privacidad y la comodidad, me tienta entonces mucho menos, y ya poco me tentaba antes de saber que me emboscarían aquellos ruidos fastidiosos. No debí comprar ese apartamento en la ciudad del polvo y la niebla: siempre hay una obra en marcha, un edificio en progreso, una demolición estrepitosa, conspirando contra mi bienestar en esa manzana de la ciudad donde, en un grueso error de cálculo, pensé que encontraría una forma de sosiego parecida a la felicidad. Pues no: siempre hay una fiesta en el piso de arriba, perturbando el silencio, siempre hay una alarma de un carro prendiéndose de forma intermitente, siempre pasa una moto de la guardia municipal, persiguiendo a un ladronzuelo llegado de otras tierras.

Además, está el problema sin solución de que estoy peleado con media familia, y con la otra mitad no estoy enemistado, no todavía, no hasta que salga cierta novela sobre mi familia, pero es seguro que ellos, mis aliados pasajeros, prefieren que yo no asista personalmente, haciendo mi mejor esfuerzo, a la fiesta de cumpleaños de mi madre. Oficialmente, estoy peleado con mi hermana itinerante (me pidió un préstamo blando, se ofreció a pagarme con intereses, no me animé a socorrerla, decliné como un cobarde), con mi hermano experto en paraísos fiscales (vino a la isla, no me saludó, no pasó a visitarme, me enteré de su presencia porque en la farmacia me dijeron vino su hermano, doctor, se parece mucho a usted, doctor), con mi hermano el cazador de fieras salvajes (quedamos en tomar un café, llegó tarde, me marché ofuscado) y con mi hermano el atleta (mi esposa se enfadó con él, ya no recuerdo bien por qué, creo que mi hermano dijo que su cociente intelectual es muy superior al mío, lo que debe de ser verdad). El problema es que, si voy a la fiesta de mi madre, me encontraré con todos ellos, mis parientes enemigos. ¿Los saludaré o los ignoraré como si fuesen unos fantasmas translúcidos? No soy un patán: saludaré a todos. ¿Pero ellos me saludarán, o pretenderán que soy un fantasma transparente? Esa tensión, esos previsibles disgustos, aquellas ceremonias de la hipocresía me inhiben de viajar, me aconsejan quedarme en casa. El costo de ver a mi madre sería el de ver también a esos cuatro adversarios, no digamos ya a ciertos primos caníbales, ciertas tías cotorras, ciertos curas lánguidos, amigos de mamá, ciertos políticos de la extrema derecha religiosa, a los que, mil disculpas, prefiero no ver en persona ni por periódico.

Porque luego está el problema de la política. No por cumplir ochenta y cinco años, mi madre dejará de hablarme de política. Raramente coincidimos. Ella admira sin reservas al presidente de este país, el rubicundo y venenoso señor que se cree rey del mundo. Yo veo con creciente hostilidad a dicho señor y creo que sus ideas harán mucho daño. Entonces, si estoy con mi madre en su casa, en sus jardines paradisíacos, es seguro que ella me jalará las orejas por criticar con saña a su presidente favorito. Si yo fuera un hombre sabio, o al menos uno prudente, me quedaría callado, sonreiría como un tonto y le daría la razón a mi madre, pues a fin de cuentas estaríamos festejando su aniversario y mi silencio dócil sería un regalo para ella. Pero como soy necio y majadero, tozudo y porfiado, sospecho que terminaría discutiendo con ella y, peor aún, enredándome en virulentos y acalorados duelos verbales con los políticos de la extrema derecha religiosa que son íntimos amigos de mi madre, una conspiradora infatigable, de toda la vida, que les financia sus afanes, sus motines y sus intrigas. Esos políticos conservadores, santurrones, reprimidos, antiliberales me ven como si yo fuera el demonio mismo, más todavía porque últimamente he dicho que, en oposición al rubicundo y venenoso presidente que se cree rey del mundo, yo soy ahora de izquierdas, pero de izquierdas liberales, capitalistas, progresistas.

¿Merece entonces mi madre, una dama conservadora, de la extrema derecha religiosa, una defensora del presidente rubicundo y venenoso que se cree rey del mundo, que su hijo convertido en izquierdista de salón se infiltre en su fiesta y le arruine la celebración, promoviendo a voz en cuello que el aborto sea legal, que las drogas sean legales, que la eutanasia sea legal, que los cambios de sexo sean legales, que las bodas homosexuales sean legales, y que ninguna iglesia reciba favores monetarios del gobierno de turno? No, mi madre, una santa, no merece nada de eso: que yo, su hijo izquierdista, liberal, ateo, capitalista, le arruine la fiesta.

Así las cosas, lo más probable es que me quede en casa, en la isla, y no viaje al cumpleaños de mi madre, porque ella se llevaría una decepción viendo que me he convertido en un izquierdista resentido y haragán y yo pasaría unos días contrariados por culpa de los ruidos de las construcciones vecinas que no me dejarían dormir como me pide el cuerpo laxo, disoluto.

Sin embargo, presiento que después me invadiría la culpa, ese agente de inteligencia que sirve a los ejércitos enemigos y que se metería como un topo en mi cabeza y me diría que soy un mal hijo, un hijo egoísta, mimado, que se mira todo el tiempo al ombligo, un hijo mal agradecido, que debe todo lo bueno que tiene a su madre y no es capaz de viajar cinco horas para darle un abrazo y decírselo en persona, un hijo rencoroso, acomplejado y buscapleitos, que siempre acaba peleándose con media familia, a la espera de que la otra mitad también se enemiste con él, después de leer alguna de sus novelas o sus columnas de prensa.

Por último, no dudo de que mi madre se llevaría un disgusto al ver lo gordo, soso y baboso que estoy, y que, apenas me vea entrando en su casa, me diría, sonriendo, con su habitual picardía:

-Te has convertido en una ballena.

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