Por Rodrigo Guendelman, conductor de Santiago Adicto de Radio Duna.

“Boys Scouts de Santiago: Vosotros sois las primeras avanzadas que envía la ciudad a estas alturas para conquistarlas en nombre de la salud y la belleza. Vuestro estandarte clavado en el faldeo del cerro abrupto es un signo visible del propósito que os trae a este sitio, en el cual vais a ejercer un acto de dominio, al plantar los primeros árboles. Vuestra iniciativa no será estéril. La semilla que esparramáis en esta tierra no tardará en dar sus frutos. Tras de vuestros pasos, vendrán otros a darle forma práctica a vuestras aspiraciones. Lo que los niños han soñado, los hombres han de realizar… Algo de vosotros queda desde hoy en este cerro que pretendéis conquistar para el porvenir de Santiago. Hoy es oportuno deciros, a grandes voces: No soltéis el San Cristóbal. Esta es la llave de oro que encierra tesoros de salud para los habitantes de Santiago…”.

Lo que acabas de leer es parte del discurso público que Alberto Mackenna Subercaseaux, periodista, político y, más tarde, intendente de Santiago, dijo a viva voz el 29 julio de 1916, tras la primera subida Scout al San Cristóbal (que hoy conocemos como Parque Metropolitano). Era parte de su estrategia para convertir esa suma de cerros áridos, ese montículo de rocas en un parque público.

Ésta es una de las muchas historias y reflexiones que aparecen en el extraordinario esfuerzo editorial realizado por la arquitecta, investigadora y académica de historia y teoría del paisaje de la Escuela de Arquitectura de la PUC, Romy Hecht Marchant. Un libro con el que se aprende muchísimo. Especialmente, sobre un siglo fundamental para la formación de una cultura arbórea en Santiago: “Entre 1830 y 1930, un grupo de competentes funcionarios municipales y gubernamentales, adinerados terratenientes y naturalistas, expertos y aficionados, entrelazaron hilos políticos, económicos y sociales en una red incipiente que cambió el rostro y la estructura de la cuidad”, escribe Romy.

El título del libro lanzado este jueves es El alma del verdor de Santiago (Orjikh Editores), una investigación que se inicia cuando Hecht visita la Quinta Normal en la primavera de 2009, para recorrerla con parte del equipo a cargo de su restauración tras años de abandono.

“Los sucios senderos de tierra alrededor de una laguna en un estado igual de lamentable no guardaban ninguna semejanza con el esplendor decimonónico emanado de las antiguas fotografías de uno de los paseos santiaguinos por excelencia, escenario de acontecimientos históricos tan únicos como la Exposición Internacional de 1875″, anota en el último capítulo.

Esa visita realizada hace más de 15 años la hizo obsesionarse “con nuestra enorme capacidad de olvido”. Recopiló todo el material que pudo encontrar sobre la historia de la Quinta para lo que sería una monografía de este sitio, “y más concretamente, sobre el desconocido papel de Luigi Sada di Carlo en su creación. Sus dramáticas quejas acerca del rol de las autoridades en el desarrollo -y ocaso- de paisajes públicos me sigue pareciendo una lectura obligatoria para quienes, dos siglos después, buscamos incidir en el desarrollo de nuestras ciudades y territorios”.

Sin embargo, la autora notó que concentrarse en la Quinta provocaría que esta perdiera su lugar como pieza clave de una narrativa histórica y cultural más amplia. Por eso, El alma del verdor de Santiago es mucho más. Es la historia del paisaje en Chile, con énfasis en Santiago, estructurada en torno a cuatro hitos: la Alameda de las Delicias, la Quinta Normal, el Parque Forestal y el Parque Metropolitano. No es un libro de arbolitos (¿por qué el proyecto de ley usa un diminutivo?), aunque hay muchos.

Es un texto que nos explica cómo los árboles se convirtieron en símbolos tangibles de emancipación política, en piezas de resistencia en un entorno deslavado y climáticamente hostil, pues hasta 1930 el paisaje entregaba identidad colectiva y representaba el progreso de una nación independiente. Es un libro que intenta (y vaya que lo logra) develar los esfuerzos que permitieron transformar terrenos degradados en unos con una nueva condición de verdor, dando forma al paisaje de Santiago como un símbolo invulnerable de identidad y memoria colectiva. Es, finalmente, una investigación que permite entender cómo el verdor de Santiago contribuyó a modernizar y renovar las estructuras y hábitos urbanos hasta enraizar una identidad cívica que se convirtió en prueba tangible de la independencia económica y cultura del Chile respecto a España. Y, claro, es una publicación que te permite conocer a una serie de héroes urbanos, desde los más evidentes, como Bernardo O´Higgins, que buscó transformar La Cañada en un paseo público con toques de diseño urbano parisino; Claude Gay, que elaboró el primer plan para un jardín de aclimatación en la periferia sur poniente de Santiago y Benjamín Vicuña Mackenna, que como Intendente entre 1872 y 1875, hizo una lista de cosas que no caben en una columna; hasta otros mucho menos conocidos, como el ya mencionado Luigi Sada di Carlo, Edouard de Beaumont (el primer jardinero de Santiago), Guillaume Renner o el líder de los scouts y el hombre que conquistó el Parque Metropolitano, Alberto Mackenna Subercaseaux.

Tremendo aporte para la historia de la capital de Chile.