Columna de Héctor Soto: La culpa y el amor

La industria de la culpa. La serie del momento es Adolescencia. Tiene solo cuatro capítulos, está ambientada en un pueblo inglés y la produjo Netflix. Su rasgo más distintivo es que cada uno de los episodios está filmado en un solo plano secuencial, alarde que además de revelar una planificación portentosa, le transmite al relato una inmediatez, una sensación de urgencia conectada al aquí y ahora, que de otro modo la narración no hubiera tenido. La historia es de un chico de 13 años que asesina a una compañera de la misma edad y los cuatro capítulos son un intento por aclarar el motivo. No es fácil encontrarlo, porque el niño no parece especialmente dañado. Viene de un hogar bien constituido, su padre es un esforzado emprendedor que está prosperando en su negocio y en ningún momento se deja entrever que en esa casa -sea de parte suya, de la madre o de la hermana mayor- haya un déficit de cariño. Aunque con distorsiones, tampoco el colegio es un nido de delincuencia. Lo que sí está claro desde el comienzo es que estos niños son raros. En realidad, son como marcianos. No conectan con las preguntas. No contienen emociones. Se ríen, se burlan, se arrancan, se atacan, se confabulan al margen de coordenadas que podamos entender. Probablemente en esta extrañeza, en esta coraza al entendimiento y la explicación, que por supuesto pasa por el celular y los emoticones, por los chats y los sobreentendidos, la serie instala su principal motor de manipulación. Porque en realidad el propósito de la trama no es entender una conducta que parece inexplicable, sino generar, en los padres del protagonista, en los espectadores, un sentimiento de culpa de contornos colosales. Lo único que está claro en esta época es que, respecto de los hijos, los padres, hagan lo que hagan, quieran mucho o poco, sean mano dura o blanda, siempre lo harán mal. Obviamente esta percepción es cruel y monstruosa, pero eso no impide que esté instalada y que a partir de ella se haya montado una verdadera industria. La gran industria de la culpa, a la cual tributan demenciales estudios psicológicos y psiquiátricos, inflamados sermones en las iglesias, informes alarmantes de orientadores escolares, reportajes sesgados en los medios, voces de alerta de parte de ONG y cualquier cantidad de supercherías y falsedades en redes sociales. Aun así, hay que reconocer que Adolescencia funciona. Tiene grandes momentos. Tiene una actuación realmente notable de Stephen Graham, el padre del chico. Tiene inteligencia y gran capacidad de persuasión, a pesar de las situaciones donde evidentemente los diálogos y cambios anímicos están forzados. Al final, aun cuando no terminemos entendiendo más a los adolescentes, sí podemos comprender mejor nuestras maneras de absorber los infiernos de la desesperación, la fatalidad y el dolor.
La pareja perfecta. Cuenta Vargas Llosa en el prólogo de los Cuentos Completos de Cortázar, editado por Alfaguara, que la relación del autor de Rayuela y su mujer, Aurora Bermúdez, era tan espectacular, tan luminosa, tan divertida, que el solo hecho de verlos y oírlos era un espectáculo en sí, donde “todos los demás parecíamos sobrar”. Dice que ella era inteligente, culta, graciosa, vital. Cuenta que la última vez que coincidió con la pareja fue en Atenas el año 67 y que quedó tan impresionado de esa sintonía conyugal que una noche le dijo a su esposa: “Patricia, la pareja perfecta existe. Aurora y Julio han sabido realizar ese milagro: un matrimonio feliz”. Bastó, sin embargo, que lo dijera para que a los pocos días Cortázar le dirigiera una carta anunciándole su separación. ¿Problema de radar o es que el matrimonio oculta verdades que a simple vista no se ven? ¿Quién hubiera podido anticipar que el propio Vargas Llosa muchos, muchos años después, iba a enfrentarse a un dilema similar? Como apuntaba alguna vez Aguilar Camín, el autor de La guerra de Galio, el amor es eterno mientras dura y dura mientras en eterno.
Val Kilmer. Si bien nunca fue un actor de películas de cine arte, su figura está muy asociada al imaginario pop con trabajos como los que hizo para Top Gun, Alejandro Magno, The Doors, Batman Forever y Maverick, la secuela de Top Gun de hace tres años, cuando su voz, bloqueada por el cáncer a la garganta que lo llevó a la tumba, tuvo que ser reconstruida por inteligencia artificial. A pesar de su simpatía y vitalidad, era complicado de carácter. Un cineasta que trató de dirigirlo dijo después que tenía dos cosas claras en la vida: jamás subiría el Everest y nunca más volvería a trabajar con él. Pero tiene que haber cambiado. De otro modo no se explican las expresiones de cariño y dolor que recibió esta semana a raíz de su deceso de los mejores actores y cineastas de su generación; de Tom Cruise a Josh Broslin, de Michael Mann a Ford Coppola, de Cher a Nicolas Cage.
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