Columna de María José Naudon: Off

Durante el mes de febrero, tuve la suerte de pasar diez días en la Patagonia, completamente desconectada, sin señal ni acceso a internet. Antes de partir, me resistía a la idea con una terquedad casi cómica. Argumenté con fuerza que la desconexión total era innecesaria, que vivimos en un mundo interconectado y que intentar desafiar la realidad no tenía sentido. Estaba convencida de que podía gestionar la conectividad a mi manera, sin necesidad de que me impusieran una suerte de exilio digital. Consideré seriamente la posibilidad de instalar Starlink, convencida de que podría ser mi salvación. Sin embargo, tras intensas negociaciones (y alguna que otra mirada fulminante), llegamos a un acuerdo sensato entre los que querían conexión y los que defendían la desconexión a toda costa: nos embarcaríamos en la experiencia, la evaluaríamos y, si en algún momento la situación se volvía insostenible, podríamos reconsiderarlo. En pocas palabras, un pacto de no-agresión digital, con la promesa de mantener el equilibrio, por si acaso los wifi-dependientes necesitaban un rescate.
Hoy me doy cuenta de todo lo que ganamos. Lo que inicialmente parecía un reto absurdo, una especie de prueba innecesaria, se ha revelado como una lección invaluable.
Nos despertamos con la vibración del teléfono, nos dormimos con el último mensaje recibido, y entre ambos momentos, el celular se convierte en nuestra principal ventana al mundo. La relación que mantenemos con las pantallas es compleja: de necesidad a dependencia. Un reciente estudio de la Universidad de Texas ha demostrado que una desconexión de dos semanas de acceso a internet puede producir transformaciones extraordinarias en nuestra salud mental y nuestra capacidad cognitiva. Esto pone de manifiesto algo que muchos sospechábamos: nuestra psicología no está diseñada para vivir en una conexión digital constante.
La sobrecarga de información y las constantes interrupciones nos han convertido en multitareas compulsivos, pero a un costo alto. El cerebro, al estar constantemente bombardeado con estímulos, pierde la capacidad de mantener la atención sostenida en una sola tarea. En mi caso, dos semanas sin internet y la mejora en la concentración fue notable y evidente.
Pero los beneficios de desconectar no se limitaron solo a la mejora de la concentración. De repente, me encontré observando a mis hijos de diversas edades jugar. Los vi sumidos en la lectura, tan absortos en su mundo que, por fin, parecían estar viviendo en el aquí y ahora. Fue también el momento para sentarnos juntos a conversar y cocinar sin apuro ni distracciones, hablando de cualquier cosa. Tuvimos la oportunidad de trabajar con las manos, caminar, observar. Me reí de mi propia seguridad antes del experimento, pensando que tenía todo bajo control. Obviamente no todo fue tan bucólico (la vida no es así). Uno de los integrantes llevaba peor la falta de señal y decidió transformar su limitación en un proyecto. Caminó largo rato para encontrar señal y, mientras lo hacía, marcó el camino con un machete, creando un sendero y transformando esa tarea en algo significativo.
Lo más curioso es que lejos de sentirse como un tiempo vacío, la desconexión nos obligó a reconfigurar nuestra relación con el tiempo libre. Nos dio espacio para tomar decisiones más autónomas, para elegir lo que realmente queríamos hacer. Las plataformas digitales nos ofrecen muchas opciones, sí, pero a menudo nos atrapan en un ciclo de consumo inconsciente. Al desconectarnos, nos volvemos a encontrar con el control sobre nuestro tiempo y nuestras elecciones.
Obviamente, no se trata de rechazar la tecnología de manera radical o de vivir como si fuéramos los “talibanes” de la desconexión. El mundo es el que es, y la conectividad es una parte integral de nuestras vidas. Pero, como en todo cada tiempo trae consigo sus desafíos, y hoy enfrentamos la necesidad de hacer conscientes cosas que antes dábamos por sentadas. Hay que recuperar habilidades humanas que nos parecían obvias; entrenarlas y educarlas: conversar, reflexionar, tomarnos el tiempo necesario para los procesos y no solo enfocarnos en los logros inmediatos. Nuevas habilidades para nuevos tiempos.
Aunque sea un poco alarmante admitirlo, hoy tengo un poco de miedo de mi celular. Es como si tuviera una pequeña máquina de control en la mano. Tendré que empezar a mirarlo como un amigo incómodo……Está bien, está bien, pero no te pongas demasiado cerca.
Por María José Naudon, decana de la Facultad de Gobierno de la UAI.
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