Columna de Natalia Piergentili: Y se nos vino marzo

Con la inminente llegada de marzo, la realidad se impone tras la tregua del verano. Luego de semanas marcadas por olas de calor y alguna que otra controversia estacional, y las gaviotas del festival de Viña, este mes recupera su peso habitual: cuentas por pagar, rutinas por reorganizar y definiciones políticas que marcarán el rumbo del año.
Para muchas familias, marzo significa el regreso a clases, un desafío tanto logístico como financiero. La compra de útiles, uniformes y matrículas, junto con la adaptación a nuevos horarios, convierte este periodo en una verdadera prueba de resistencia. Pero el impacto va más allá del ámbito familiar; la política también se sacude con decisiones clave que comienzan a delinear el futuro.
En el terreno político, marzo es un mes de definiciones. Dentro del oficialismo, las opciones presidenciales deberán dar el paso, y la carrera por la unidad —o la falta de ella— marcará el tono de los próximos meses y definirá la temperatura del debate público, ya que hasta ahora conceptos como “Bache-tres” o las “candidaturas alternativas o sucedáneas” han llenado crónicas y titulares, reflejando, de manera a veces ofensiva, la incertidumbre del escenario político actual.
Sin embargo, el problema de fondo sigue sin resolverse ya que dentro del oficialismo persiste un temor latente a responder una pregunta clave: ¿quién debe liderar el proyecto? La tensión entre el Socialismo Democrático, el Frente Amplio (FA) y el Partido Comunista (PC) no es solo una pugna por cuotas de poder, sino una definición esencial sobre qué tipo de izquierda se quiere construir y hasta dónde se está dispuesto a llegar en términos de transformación del modelo político y económico.
La evasión de este debate no es casual, ya que intentar resolverlo implica asumir costos, tomar posiciones y, en algunos casos, romper la ambigüedad que ha permitido sostener la unidad hasta ahora. Muchos dentro de la coalición temen que una clarificación excesiva provoque quiebres internos, la pérdida de aliados o incluso una fractura electoral que termine beneficiando a la derecha. Sin embargo, la indefinición también tiene un costo ya que genera parálisis, dificulta la acción de gobierno y debilita la capacidad de la alianza oficialista para proyectarse a futuro.
El rol que asuma el Socialismo Democrático dentro de la coalición puede marcar diferencias significativas. Si lidera, es probable que se privilegien la gobernabilidad, el diálogo y una agenda de reformas graduales con énfasis en el crecimiento. No obstante, esto también podría implicar aceptar ciertos límites en la profundidad de las transformaciones y el riesgo de frustrar a sectores que exigen cambios más radicales.
El miedo a definir esta cuestión no es solo una estrategia de supervivencia política; es también el reflejo de una encrucijada histórica. Evitar la discusión puede postergar la crisis, pero no la resuelve. La pregunta sigue ahí, latente, esperando ser respondida: ¿qué izquierda se quiere construir y quién está dispuesto a liderarla?
No enfrentar este debate no solo conducirá al fracaso electoral, sino que, en el caso del Socialismo Democrático, puede significar su progresiva irrelevancia.
Así que, para quienes aún intentan aferrarse al relajo veraniego, mejor prepararse: marzo ya está aquí, y no viene solo.
Por Natalia Piergentili, ex presidenta del PPD.
Comenta
Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbete aquí.