Columna de Óscar Contardo: El clóset de Mistral

Gabriela Mistral y Doris Dana


Una de las acepciones del verbo “relevar” es resaltar o engrandecer algo. Cuando en una nota de prensa de esta semana se dio a conocer que para las celebraciones de los 80 años de nuestro primer Premio Nobel de Literatura el gobierno buscaría “relevar” que Gabriela Mistral había sido una mujer lesbiana, estalló una controversia absurda y desinformada.

Aunque la nota no le atribuyera la frase a ninguna autoridad, ni hubiera un documento que consignara el asunto, el solo hecho de que junto al verbo “relevar” estuviera el nombre de la poeta y la palabra “lesbiana” provocó una controversia digna de 1994, el año en que la prensa denunció, como se hace con un crimen, que un libro de “cuentos gay” -Ángeles Negros, de Juan Pablo Sutherland- había ganado un fondo público.

En este caso todo se reducía a una actividad específica, un día determinado, en donde se comentaría el impacto de la obra de Mistral en la visibilidad del lesbianismo. Pese a todas las aclaraciones, la reacción dejó en claro que, para muchísima gente bien pensante, el hecho de que se asumiera que Gabriela Mistral mantuvo relaciones amorosas con mujeres era una “mancha”, una manera de “ensuciar” (muchos utilizaron esas expresiones) su trayectoria.

Gabriela Mistral en México

Otros recordaban que era una mujer profundamente religiosa y católica, y, por lo tanto, era inconcebible que también fuera lesbiana. La realidad es que -¡sorpresa!- hay personas que son gays y son religiosas.

De hecho, durante la década de los 80 existió en Santiago un grupo de hombres homosexuales católicos, la mayoría académicos de una universidad confesional, que se reunían como una comunidad y celebraban misa juntos. Aquel movimiento, llamado Integración, se disolvió después de que uno de sus miembros fuera asesinado en 1987.

La policía nunca encontró al culpable, como tampoco resolvió el asesinato de Mónica Briones, la arquitecta lesbiana muerta a golpes en la calle ese mismo año. Era lo usual en esa época: que nadie se ocupara de aclarar muertes como esas.

Uno de los argumentos más repetidos para evitar hablar de la vida amorosa de Mistral y sus relaciones con otras mujeres es que hay que respetar que ella decidiera mantener su vida privada a resguardo. Este argumento es hipócrita: si incluso en la actualidad hacer pública la orientación sexual significa pagar un costo alto, hace un siglo era inconcebible siquiera dar ese paso.

Gabriela Mistral

Gabriela Mistral nació en 1889, ella creció y se educó en una época en que la homosexualidad era considerada no solamente un pecado innombrable, según la religión, también un trastorno mental y hormonal, según la medicina, y un “estado antisocial”, según la criminología.

El clóset no era una opción libre, como quien elige una especialidad -ciencias o humanidades-, el clóset era y sigue siendo un refugio de sobrevivencia para enfrentar la crueldad del prójimo. Lograr un lugar de respetabilidad y visibilidad social, y hacer pública la propia orientación homosexual eran situaciones excluyentes, incluso para personas notables: Oscar Wilde fue encarcelado en Inglaterra; Claudio Arrau, arrestado en Australia, y Newton Arvin, experto en la obra de Herman Melville, despedido de su cátedra universitaria en Estados Unidos.

Si el maltrato a las mujeres lesbianas era menos notorio que el sufrido por los varones se debe simplemente a que las mujeres permanecían en un lugar secundario, separadas de la escena pública, es decir, para ellas la mordaza tenía doble nudo.

Gabriela Mistral.

Otro de los argumentos de los escandalizados es que la vida privada de la poeta no importa, porque lo realmente importante es su obra. En qué lugar entonces caben sus epistolarios. ¿Deberíamos dejar de atender a ellos? ¿A todos ellos? ¿Cómo se cuenta su biografía? Porque Mistral comentaba en su correspondencia privada la realidad política, la literaria, sus opiniones privadas sobre personajes y sus muchos achaques (reales o inventados).

El punto no es entonces toda su vida privada, sino tan solo la amorosa con Doris Dana. Otro aspecto curioso de este argumento sumamente enrevesado es sostener que no se debe hablar de esas cartas -publicadas desde hace años-, porque a nadie le debe importar “con quién ella se acostaba”, sintetizando en esa imagen vulgar un aspecto de su humanidad que lejos de merecerles respeto pareciera despertarles asco.

Lo curioso es que el mismo repelús no lo tengan con otros escritores. A nadie le escandaliza que se indague o se escriba sobre la vida amorosa de Teresa Wilms Montt o María Luisa Bombal. Nadie usaría el mismo lenguaje que se usa con Mistral y Dana (suciedad, mancha, acostarse) para referirse al vínculo entre Neruda y Delia del Carril o Matilde Urrutia.

Gabriela Mistral Nobel

No he leído artículos defendiendo la discreción sobre la heterosexualidad de nadie. Sí leí en una época muchos textos sobresaltados contra quienes hacían referencia a la homosexualidad de José Donoso después de su muerte. Por suerte, aquella indignación cesó con la publicación de la biografía de su hija y luego con sus diarios. El mundo no se terminó, la grandeza de Donoso no se acabó.

Gabriela Mistral, gracias a su talento, su inteligencia y su coraje, fue mucho más allá de lo que la mentalidad de su época le habría permitido a una mujer como ella, por su origen de clase, por su aspecto, por su carácter. Ella murió hace casi 70 años.

Es cierto que no se le pueden atribuir causas con las que no tuvo afinidad, como cierto feminismo, pero tampoco se puede usar el clóset que le sirvió de refugio de sobrevivencia como excusa para seguir alimentando la fobia de quienes siguen pensando que su vida amorosa es algo parecido a un crimen.

La Mistral no merecía tener miedo, y lo tuvo. El terror estaba fuera, no dentro del clóset. Negarse a mirar de frente esa faceta amorosa de su vida -algo tan humano y trivial para la mayoría— es ponerse del lado del miedo, arrogarse el rol de carcelero.

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