Columna de Pablo Ortúzar: 9102

GONZALO WINTER


Hay dos grandes formas honestas de aproximarse a la política democrática: una es facciosa y observa las disputas del poder como si fuera un campeonato de fútbol, donde uno quiere que su equipo gane todo lo posible. Otra es programática y lo que le interesa es conseguir que se configure cierto estado de las cosas en el mundo, con independencia de si la propia facción gana las elecciones. Ese estado de las cosas puede ser político-institucional (básicamente que se siga jugando fútbol en vez de béisbol), social (por ejemplo, que la economía nacional siga creciendo) o ambas (que se logre un mayor crecimiento a través de instituciones democráticas, por decir algo).

En la práctica se mezclan ambas aproximaciones. Después de todo, uno apoya a su facción en buena medida porque cree que el país estará mejor con ella gobernando. Pero hay personas más facciosas que otras. La visión del estadista, por ejemplo, es decididamente programática: vela antes por la forma del Estado que por quién ocupa los cargos de gobierno. Jaime Guzmán, que tenía vocación de cura y de árbitro, fue un político siempre preocupado de las reglas del tablero antes que de las piezas: la entrega de la testera del Senado a Gabriel Valdés estaba calculada para validar la institución, aun al costo de no presidirla. Grandes triunfos programáticos pueden costar derrotas electorales, así como grandes triunfos electorales pueden imponer derrotas programáticas. De ahí el viejo dicho de que en política nadie sabe para quién trabaja.

Así le pasó al Frente Amplio. Por gobernar tuvieron que entregar casi todo su programa y aprobar muchas leyes que sólo ayer condenaban. Estar en el poder también contribuyó a que su proyecto constitucional fuera rechazado, ahogando al octubrismo. Si José Antonio Kast hubiera ganado la presidencial, en cambio, todo podría haber sido diferente: los frenteamplistas seguirían montando una oposición radical desde biografías angelicales, arrastrando hacia esa estrategia a los socialistas, y quizás el proyecto constitucional habría sido aprobado en rechazo a la gestión de Kast, cuyo gobierno habría terminado tratándose de aterrizar lastimosamente en la nueva institucionalidad.

Desde esta perspectiva, el actual escenario presidencial tiene elementos auspiciosos. El Frente Amplio se ve altamente derrotado por la realidad, al punto que lanzará una candidatura testimonial orientada a aleonar a sus propias bases (ese 25% barra de Boric). El Partido Socialista y el PPD se encuentran en una posición de ventaja relativa sobre sus aliados, ya que quedó claro que sólo ellos tienen nociones reales de gobierno, y eso les permitirá arbitrar los términos del pacto. Más todavía ahora, que el FA tendrá que pagar la boleta de la caída de la casa de Allende. El choque entre Tohá y Jadue refleja ese cambio: hace cuatro años habría sido imposible. Y eso abre la puerta a que un gobierno de centroderecha, como el que lideraría Matthei, que es la que está más arriba en las encuestas, pudiera encontrar espacio para mayores acuerdos con la centroizquierda, a diferencia de lo que le ocurrió a Piñera.

Esto debería hacer que las personas de derecha que esperan avances decididos en materia de seguridad, migración, permisología y reactivación económica se cuestionaran la conveniencia de un triunfo de Kaiser, e incluso de Kast. Ya que nuestro sistema de gobierno, a diferencia de Argentina o EE.UU., no permite moverse a punta de decretos presidenciales, a menos que la derecha más dura triunfara ampliamente en el Legislativo, es muy difícil que pueda hacer avanzar su programa, y es más probable que vuelva a galvanizar una oposición total como la que enfrentó Piñera. En cambio, una centroderecha capaz de dialogar con la centroizquierda, pero presionada desde la derecha, podría apuntar hacia mayores avances programáticos.

El trauma dejado por Piñera II fue la sensación de que el diálogo y los acuerdos no servían para nada. Pero ahora, con el PS y el PPD sin el cuchillo del FA al cuello, quizás esa terrible experiencia política podría ser superada. Ahora bien, todo esto depende de que el liderazgo y los equipos de Matthei lean bien la cancha y sepan jugar en ella, lo que todavía está por verse.

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