Columna de Sylvia Eyzaguirre: Futuro estéril

El futuro ya nació y no se ve bien. Los datos del Censo nos muestran que Chile se convertirá rápidamente en un país de viejos y sin niños. Los cambios demográficos observados en los últimos 22 años son alarmantes. Entre 2002 y 2024 se redujo la población menor de 15 años en 31%, pasando de 26% a 18%, y aumentó la población de adultos mayores en 73%, pasando de 8,1% a 14%. El índice de envejecimiento es el número de personas de 65 años y más por cada 100 menores de 15 años, ¡este pasó de 31 a 79! La tasa global de fecundidad es el número de hijos promedio por mujer. En 1998 registrábamos una tasa de 2,14 hijos por mujer, que se estima es la tasa de reemplazo; en 1994 llegamos a 1,94 y en 2023 a 1,16 hijos por mujer; la tasa más baja registrada en nuestra historia y una de las más bajas del mundo. Los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran que la reducción de los nacimientos es sostenida e incluso se ha agudizado más. Entre 2022 y 2023 los nacimientos registraron una caída de 8%, y entre 2023 y 2024 se registró una caída de 20% en la mayor parte de los meses.
Uno de los factores que ha impedido que caiga aún más la tasa de fecundidad es la inmigración. Según los datos del INE de 2022, cerca del 18% de los nacimientos fueron de madres extranjeras y en regiones como Tarapacá estos superaron el 50%. Así, la tasa de fecundidad para las mujeres chilenas es aún más baja que la reportada, cayendo probablemente bajo un hijo por mujer. De continuar esta tendencia, la población migrante superará a la población local.
Este cambio demográfico ha tenido un impacto directo en la composición de las familias. Los hogares son cada vez más pequeños. Mientras en 1992 el promedio de personas por hogar era 4, actualmente es 2,8. Esto se explica por el aumento de los hogares unipersonales, que prácticamente se triplicaron; la disminución a la mitad de los hogares con niños; y la reducción en el número de hijos por familia. Los lazos familiares se han debilitado y con ello las redes de apoyo. La familia extendida tan típica del siglo pasado parece algo del pasado, y lo que más abunda entre adultos mayores y adolescentes es la sensación de soledad.
Pero más allá de los efectos sociales y emocionales, este brutal cambio demográfico conlleva enormes impactos económicos. Al mirar estos números lo primero que salta a la vista es la sostenibilidad del sistema. ¿Cómo se sostiene un sistema cuando se invierte la pirámide demográfica y la población adulta mayor supera a la población laboralmente activa? ¿De dónde vamos a sacar los recursos y la mano de obra para cuidar a los adultos mayores? La eminente vejez para quienes tenemos 50 años no se ve auspiciosa y el futuro que les estamos legando a nuestros hijos se ve aún peor. Así también lo perciben los jóvenes. El aumento de enfermedades mentales entre los adolescentes ha alertado a la comunidad internacional de psicólogos y psiquiatras. Según la Organización Mundial de la Salud, uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años padece de algún tipo de trastorno mental, los más frecuentes son la depresión, ansiedad y los trastornos del comportamiento, siendo el suicidio la tercera causa de muerte en personas de 15 a 29 años. Qué difícil debe resultar entusiasmarse con la idea de tener hijos ante un horizonte tan oscuro.
Resulta al menos paradojal que a mayor bienestar económico, los países disminuyan su tasa de fecundidad. ¿No debiera ser todo lo contrario? La pregunta más importante que debemos abordar en los próximos años es cómo revertir esta situación, cómo generar un horizonte que genere expectativas y entregue esperanza a las generaciones futuras.
Por Sylvia Eyzaguirre, investigadora CEP
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