La política como espectáculo: entre la denuncia y la complicidad
Vivimos tiempos en que parecer importa más que ser. La política, entendida como un espacio de deliberación y construcción colectiva, hoy se ve atravesada por una lógica de espectáculo que vacía de contenido las discusiones y transforma a muchos representantes en rostros de farándula. No se trata de una nostalgia por una edad de oro que probablemente nunca existió, sino constatar una degradación tangible en la forma y el fondo de lo político.
Hoy, la obsesión de algunos políticos por figurar en redes sociales, por instalar frases efectistas y por aparecer en cada matinal o noticiero, parece haber reemplazado la preocupación por el diseño de políticas públicas serias, viables y responsables. La profundidad de las propuestas ha sido sustituida por la velocidad del tuit; la estrategia, por la reacción; el debate, por el “like” y el aumento de seguidores.
¿Dónde quedaron los discursos que buscaban persuadir desde la razón, que apelaban a una visión de país, que asumían la complejidad de los problemas? ¿Dónde están los liderazgos que tomaban decisiones impopulares si era necesario, y que estaban dispuestos a asumir costos por hacer lo correcto? Hoy, en muchos casos, el cálculo comunicacional manda, y los principios se subordinan al algoritmo.
Pero sería un error pensar que esto es solo responsabilidad de los políticos. La ciudadanía, que se queja de que “los políticos no resuelven los problemas”, muchas veces actúa como espectadora —y a la vez promotora— del mismo espectáculo que critica. Decimos querer seriedad, pero premiamos al que más grita. Decimos querer profundidad, pero viralizamos la cuña más ruidosa, no la más sensata. Reclamamos por la banalización de la política, pero elegimos —una y otra vez— al más conocido, no al más preparado.
Esta realidad tiene múltiples formas, y una de las más preocupantes es el morbo que rodea los juicios públicos. La lógica del espectáculo no se limita solo a las redes,también ha contaminado la forma en que observamos la rendición de cuentas y la justicia. Proliferan las filtraciones, las funas selectivas, las condenas sin debido proceso y una justicia mediática que convierte cada caso en un juicio público. A veces con razón, qué duda cabe. Pero incluso cuando hay sanción legal, lo que se celebra no es la justicia, sino la desgracia ajena. Como si el derrumbe del otro aliviara en algo nuestros propios pesares, como si la política fuera un coliseo romano donde lo que importa es ver sangre.
Ante esta realidad, es legítimo preguntarse ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿Qué explica esta deriva? ¿Es la tecnología y su lógica de inmediatez la que ha reformulado nuestras formas de informarnos y participar? ¿Es la frustración acumulada de una ciudadanía que, tras años de desconfianza, ya no espera resultados reales y se conforma con gestos simbólicos? ¿Es la pérdida de credibilidad de las instituciones lo que ha empujado a buscar culpables más que soluciones? ¿O estamos, simplemente, frente a una erosión más profunda de ciertos marcos éticos y afectivos, donde el otro deja de importar como sujeto y se convierte en objeto de juicio?
Probablemente confluyen todas estas causas, y otras más difíciles de identificar por su profundidad. Pero lo cierto es que este fenómeno no se sostiene sin audiencia. Y mientras esa audiencia premie esto que hemos descrito por sobre el contenido, la forma sobre el fondo, y la reacción sobre el análisis, los incentivos para hacer una política más seria y responsable seguirán debilitándose.
Por eso, más allá de exigir responsabilidad a la política, también deberíamos preguntarnos ¿qué lugar estamos ocupando como ciudadanos en esta dinámica?. ¿Qué tipo de líderes estamos premiando? ¿Qué discursos estamos amplificando? ¿Desde dónde nos estamos informando?. La política no cambiará mientras no cambiemos también nuestras propias formas de mirar, de exigir y de participar. Tal vez el primer paso no sea dejar de mirar el espectáculo, sino aprender a reconocerlo.
Por Natalia Piergentili, ex presidenta del PPD.
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