Los costos del desorden en la derecha

SEÑOR DIRECTOR:
La reciente elección de la mesa del Senado volvió a dejar en evidencia una de las principales debilidades de la derecha: su incapacidad para actuar como bloque político cohesionado. La fractura entre los partidos de Chile Vamos -UDI, RN y Evópoli-, Republicanos y Socialcristianos en torno a la presidencia de la Cámara Alta, más que un desacuerdo táctico puntual, expresa una fragmentación estructural y un déficit persistente de cultura coalicional. El episodio no sólo reveló desconfianzas cruzadas, sino también una competencia interna desregulada, donde cada partido actúa guiado por sus propios incentivos, aun a costa de debilitar al conjunto.
Este desorden tiene consecuencias políticas. En primer lugar, complica el proyecto presidencial de Evelyn Matthei, quien ha intentado proyectar una imagen de liderazgo firme. Su candidatura, aunque bien evaluada, requiere de un soporte partidario articulado y disciplinado para traducirse en una alternativa viable de gobierno. Sin coordinación entre los partidos, su margen de acción se estrecha y se arriesga a quedar atrapada en las disputas de su sector.
En segundo lugar, el problema trasciende lo electoral: pone en entredicho la gobernabilidad de la oposición. La fragmentación impide construir mayorías legislativas estables, y también reduce la eficacia del bloque como contrapeso institucional. Basta observar la cadena de errores acumulados en el Congreso: seis acusaciones constitucionales presentadas por la oposición han fracasado consecutivamente, evidenciando una mala lectura política y una preocupante falta de coordinación estratégica. La tentación de seguir el tono de la derecha más dura para no perder terreno electoral frente al Partido Republicano y Nacional Libertario ha llevado a Chile Vamos a involucrarse en ofensivas legislativas mal diseñadas y peor ejecutadas, con altos costos políticos.
El resultado es una oposición que aparece reactiva, desorganizada y presa de una lógica de corto plazo. Frente a un oficialismo que, a pesar de sus propias tensiones, ha logrado sostener una cierta coherencia interna, la derecha sigue sin construir una narrativa común ni una estrategia unificada. Si no corrige esta deriva, comprometerá sus opciones en las elecciones de fin de año, pero también reforzará la percepción de que no está preparada para gobernar con eficacia.
En tiempos de incertidumbre, el país observa con atención quién es capaz de ofrecer orden, claridad y liderazgo. Por ahora, la derecha parece más bien atrapada en su propio laberinto.
Marco Moreno
Director Centro Democracia y Opinión Pública U. Central
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