Todos íbamos a ser presidentes

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Foto: Aton Chile.


Más de 270 ciudadanos y ciudadanas han sentido el llamado de la República y pusieron sus nombres a disposición de los electores, para recibir patrocinios, buscando -cada uno- el respaldo de 35.000 chilenos para que ellos sean candidatos presidenciales.

El hecho no pasaría de ser una rareza risible, si es que no fuera algo sintomático de que las cosas no andan bien. Esto, pues a diferencia de lo que podría entenderse como un súbito interés del ciudadano común por los asuntos públicos, es más bien la demostración de la frivolidad y trivialidad que caracteriza a la actividad política. ¡Cualquiera puede ser Presidente! pareciera acreditar el fenómeno.

Según algunos analistas este efluvio de nombres -la mayoría ciudadanos comunes y corrientes, sin mayor preparación ni experiencia-, se debe a una confusión entre “pago por voto” y “reembolso por voto”. Mientras que el primero supone -equivocadamente- un pago a todo evento de cuatro centésimos de unidad de fomento por voto emitido a favor (en torno a $1.500), el segundo corresponde a lo que realmente paga el Servel, a contraprestación de gasto electoral acreditado.

De esta forma, el boliche electoral exige justificar el gasto electoral y solo reembolsa lo invertido, siempre fiscalizado por el Servel. Un escenario donde aún resuenan los cuestionamientos en las rendiciones de Franco Parisi por cinturones, corbatas, bóxers y zapatos Hugo Boss.

El resultado de esta confusión es creer que haciendo un trámite fácil ante el Servel, se puede emprender una aventura con cero riesgos, por solo estar en la papeleta y con la esperanza de que algo caiga.

En simple, este fenómeno muestra que son muchos quienes quieren seguir una senda político-comercial, que devela que detrás está la degradación ciudadana y la horadación del presidencialismo.

Años atrás, a nadie se le hubiese ocurrido jugar con esto. Ser Presidente era un asunto serio, reservado a ciudadanos que se prepararon toda su vida para ello. Algo que se coronaba con un ángel especial que lo conectaba con los ciudadanos en una especie de encuentro místico.

Un borbonismo presidencialista, si se quiere, con lo malo que eso tiene -al concentrar tanto poder en una persona-, pero que cauteló la idea de que los asuntos públicos son un tema de honor, mérito y virtud.

¿Qué tenemos ahora? Una política en el suelo, con figuras presidenciales debilitadas e improvisadas para obtener algún tipo de negociación electoral previa o post primarias.

Pero ¡atención! Esto viene de antes, especialmente luego del Covid, cuando se produjo un parlamentarismo de facto que obligó a los retiros de las AFP, y produjo acusaciones constitucionales por deporte y ataques a figuras públicas como si fueran patos de feria.

Tampoco los recientes presidentes ayudan, pues no proyectan una imagen de virtud republicana, sino que buscan mostrarse en todo lo humano que son. Y si eso es así, por qué no elegir a un cualquiera, parecen pensar muchos. Y así estamos discutiendo el voto a luca y media, mientras la reforma al sistema político duerme una pesada siesta.

Por Cristóbal Osorio, profesor de Derecho Constitucional, Universidad de Chile

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