Dietas antiinflamatorias: la delgada línea entre marketing y salud

En los últimos años, la idea de una “alimentación antiinflamatoria” se ha vuelto muy popular gracias a las redes sociales, la televisión e incluso por algunas consultas médicas. Esto ha llevado a que ciertos alimentos sean vistos como “buenos” y otros como “malos”, creando la falsa impresión de que la salud depende solo de lo que comemos. Sin embargo, esta visión simplificada merece ser analizada con más detalle.
El fenómeno se agrava cuando el marketing se disfraza de ciencia, dando lugar a una nueva categoría de “expertos” de redes sociales especialmente, que ofrecen recomendaciones generales sin considerar el contexto de cada persona. Con miles de seguidores, estos personajes promueven “planes antiinflamatorios” como soluciones universales para cualquier malestar, desde dietas bajas en carbohidratos fermentables en el intestino delgado -también conocidas como bajas en FODMAP- para cualquier problema gastrointestinal, hasta la eliminación del gluten en personas no celíacas. A través de videos y publicaciones, presentan sus platos de comida como remedios mágicos para problemas complejos.
Es crucial entender que la inflamación y los síntomas digestivos no son sinónimos. La inflamación es una respuesta del sistema inmunológico ante infecciones, lesiones o enfermedades crónicas, y puede causar fatiga, fiebre y malestares gastrointestinales, entre otros. En cambio, la distensión abdominal por sí sola suele deberse a la acumulación de gases o problemas digestivos provocados por el estrés, ciertos alimentos o causas más simples. Confundir ambos conceptos puede llevar a adoptar dietas restrictivas innecesarias, eliminando grupos de alimentos importantes sin mayor fundamento.
Estas dietas crean una falsa ilusión de cura al presentarse como la solución definitiva para enfermedades crónicas como la artritis, el síndrome de ovario poliquístico (SOP) o la resistencia a la insulina. Sin embargo, el manejo de estas condiciones es mucho más complejo y requiere un enfoque integral. Esto incluye un buen descanso, tratamiento médico si es necesario, una alimentación equilibrada que favorezca ciertos alimentos sin eliminar grupos enteros, estrategias nutricionales personalizadas, ejercicio y cuidado de la salud mental, entre otros factores. Reducir la salud a un solo aspecto no solo genera culpa, sino que también aleja a las personas de tratamientos realmente efectivos.

Constanza Vega, médica con experiencia en problemas gastrointestinales y TCA, destaca que “no existe una dieta antiinflamatoria universal, ya que cada organismo responde de manera distinta. La elección de un patrón alimentario depende de factores personales, sociales, culturales y económicos. Aunque surjan nuevas dietas como promesas, la evidencia científica sigue evolucionando y debe analizarse con criterio”.
Si bien hay estudios que respaldan algunos beneficios de la alimentación antiinflamatoria en ciertas condiciones de salud, es fundamental considerar el contexto individual. Centrarse exclusivamente en la dieta puede llevar a descuidar otros factores esenciales y, en algunos casos, incluso empeorar la situación. Además, la mayoría de estos estudios no evalúan el impacto en la salud mental ni realizan un seguimiento de sus efectos a largo plazo, lo que refuerza un enfoque sesgado y limitado.
El auge indiscriminado de las dietas antiinflamatorias no solo implica riesgos físicos, sino también psicológicos, sociales y éticos. Aunque se promocionan como “saludables”, muchas de estas dietas son, en realidad, una forma encubierta de restricción alimentaria y control de peso. Su marketing las asocia con la pérdida de peso, la longevidad y la prevención de enfermedades, perpetuando la idea errónea de que la salud está directamente ligada al tamaño corporal. Este discurso alimenta la gordofobia y puede generar consecuencias devastadoras, como aumento de la ansiedad y deterioro de la relación con la comida.
Otro aspecto preocupante es la desigualdad en el acceso a estas dietas. Muchos de los alimentos promovidos son costosos y poco accesibles, lo que refuerza la brecha social y excluye a quienes no pueden permitirse seguir estas recomendaciones. Además, la moralización de la comida fomenta la culpa y la ansiedad al consumir ciertos productos, afectando la relación con la alimentación. Para personas con antecedentes de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) o tendencias obsesivas, adoptar este tipo de dieta puede desencadenar recaídas, activando patrones de restricción y miedo que dificultan la recuperación.
Es por esto que resulta crucial preguntarnos: ¿quién se beneficia realmente de la promoción de estas dietas? En lugar de dejarnos llevar por tendencias restrictivas disfrazadas de salud, debemos abogar por una alimentación que respete la individualidad, garantice el acceso equitativo a los alimentos y priorice el bienestar integral. Es fundamental alejarnos del miedo y la culpa como estrategias de control y, en su lugar, promover una relación saludable con la comida que fomente la aceptación, el autocuidado y un cuerpo y mente funcionales.
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* Carolina es Nutricionista especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) y autora del libro “Te lo digo porque te quiero: derribando estereotipos estéticos en salud”.
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