Hablemos de maternidad: mi parto en un auto

columna de maternidad PAULA



Con mi marido al volante y la partera a mi lado, me aferré al respaldo del asiento del copiloto, convencida de que solo tenía ganas de ir al baño. Pero al hacer fuerza, mi bebé “decidió” nacer y venir al mundo así, en pleno trayecto a la clínica.

Este fue mi segundo embarazo y, al igual que el primero, lo viví con total dedicación y entrega. Siempre he preferido lo natural y lo íntimo; por eso, durante esos meses, mi mayor confidente fue mi partera y doula. Juntas planeamos cada detalle para que, cuando llegara el momento de recibir a mi bebé, fuera un instante íntimo y resguardado.

Aunque mi plan ideal era un parto en casa, eso cambió cuando se presentó un riesgo de preeclampsia. Sabía que tendría que ir a la clínica.

Estaba en la semana 38+5. Al despertar, sentí que mi cuerpo estaba diferente. Intuí que ese día conocería a mi bebé. Escuché las señales. Se lo dije a mi marido y, para asegurarme, llamé a mi partera. Ella me dijo: “Escucha tu cuerpo. Hoy será el día”. Estaba tranquila. Durante todo el embarazo me conecté profundamente con mi bebé. Fue un proceso pleno y muy feliz.

Los dolores comenzaron poco a poco: leves molestias en la cola, dolor de espalda... y supe que era el momento. Alisté mis cosas y le pedí a mi marido que llevara a nuestra hija mayor donde sus abuelos. Me despedí de ella y le expliqué que su hermana llegaría muy pronto. Mientras él la dejaba, decidí seguir la clásica recomendación para acelerar la dilatación: un baño de tina caliente. Al salir, sentí que el momento había llegado.

Ya estaban la partera y mi marido. Me subí al auto. La clínica no quedaba lejos, apenas 20 minutos por carretera.

Mi marido manejaba tan rápido como se podía un viernes en hora punta, tocando la bocina, sacando un pañuelo por la ventana, haciendo todas las señales posibles para que los autos nos dejaran pasar.

El caos a nuestro alrededor era innegable, pero yo me repetía que me había preparado para que este momento fuera tranquilo y propio. No iba a permitir que el tráfico ni el apuro me afectaran.

Llevábamos apenas siete minutos de trayecto cuando, de repente, sentí unas ganas fulminantes de ir al baño. Eran incontrolables. Miré a mi partera y le dije: “¿Sabes qué? No me importa si me hago aquí, pero siento que no aguanto más”.

Me afirmé del asiento del copiloto, me puse de rodillas sobre él y empujé, convencida de que solo necesitaba ir al baño. Pero en ese instante… ¡se rompió la bolsa! Y en el mismo segundo en que sentí el líquido salir, algo más ocurrió: mi bebé, literalmente, se resbaló. Apenas tuve tiempo de procesarlo cuando vi que ya estaba naciendo.

Mi partera la recibió en el asiento, la envolvió con mantas de rebozo que teníamos a mano y, a los segundos, la puso sobre mi pecho. Yo no podía creer lo que acababa de pasar. Miraba a mi bebé, lloraba de la emoción y solo me repetía: “Mentira que me pasó esto a mí”.

En un instante, mi plan de parto se había desvanecido por completo. Yo quería un nacimiento tranquilo, respetuoso, con mi marido cortando el cordón umbilical. En cambio, mi hija llegó al mundo en plena carretera, con bocinazos de fondo y mi partera atrapándola en el asiento del auto. Y aún faltaban unos diez minutos para llegar a la clínica.

Y como si todo esto no fuera suficiente, todavía quedaba algo más. En medio del shock, otra preocupación cruzó por mi mente: la placenta. Siempre he conservado la placenta de mis hijas, y esta vez no sería la excepción. Así que ahí estaba yo: con una mano sosteniendo a mi bebé recién nacida, dándole pecho, y con la otra, la placenta.

Lógicamente, al llegar a la clínica, todo fue un completo caos. No tenían ningún protocolo para un parto así. Por ejemplo, ni siquiera había un neonatólogo disponible en ese momento. Una enfermera tuvo que correr a avisarle a un pediatra, el pediatra a un ginecólogo y, recién entonces, pudieron chequear a mi bebé y a mí. Y cortar el cordón, que era lo primero que había que hacer.

En medio de todo ese enredo pasaron al menos diez minutos más, y debo reconocer que me sentí vulnerable y desprotegida. Agradezco profundamente haber tenido a mi doula, pues ella contuvo ese caos en todo momento. Comprobaron que mi bebé y yo estábamos en perfectas condiciones y nos dieron el alta rápidamente. Nunca hubo ninguna complicación, gracias al acompañamiento de mi partera.

Ya han pasado dos años desde aquel día y, si alguien me preguntara: “¿Cambiarías esta experiencia?”, diría que no. Soy fiel creyente de que las cosas pasan como tienen que pasar. La vida no es una estructura, y cada experiencia de entrega trae una lección.

Mi hija decidió nacer así, junto a mi marido y con nuestra partera, en el auto. Honro ese momento porque nos entregó una gran llegada al mundo: sin miedos, sin reglas, sin proyecciones ni idealizaciones. Desafió todo lo establecido. Fue como tenía que ser, y así conocí a mi hija: en un viaje lleno de aventuras, como la vida misma.

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* Cindy Moreno es psicóloga clínica perinatal (@cindymorenopsicologa).Si como ella tienes una historia que te gustaría compartir, escríbenos a hola@paula.cl.

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