¿Tu ropa puede estar enfermándote?

químicos en la ropa PAULA

Con amplia experiencia en la industria textil y varias visitas en el cuerpo a fábricas de ropa en Asia e India, la ingeniera ambiental Catalina Giraldo es tajante: hay químicos que se aplican a las telas que hoy estamos vistiendo que tienen efectos en nuestra salud. “Efectos que podrían transmitirse por hasta tres generaciones según estudios”, dice en esta entrevista, mientras añade que en Chile usamos ropa con químicos que no podrían comercializarse en Europa.




Como parte de su trabajo en una gran empresa de retail, y durante casi una década, la ingeniera ambiental Catalina Giraldo (45) viajó muchas veces a la India, China y Bangladesh, para visitar fábricas textiles. Allí solía ver cómo las telas y productos textiles eran teñidos o se usaban químicos en el proceso de acabado. Esto la llevó a consultar más sobre dichas prendas, descubriendo una verdad incómoda: los químicos que usaban para productos que después aquellas fábricas enviarían a la Unión Europea eran diferentes a los usados en ropa destinada a otros mercados. Una doble moral de la industria que le reveló que había consumidores con mayor protección y otros expuestos a mayor riesgo. Latinoamérica estaba en ese segundo grupo. Precisamente, estas visitas que Catalina hacía, eran para asesorar marcas en Chile y permitieron que algunas empresas definieran lineamientos internos, para proteger a los consumidores, pese a la ausencia en la legislación.

Para Catalina, esa experiencia no era su primer contacto con el uso indiscriminado de químicos. Años antes, había trabajado en el sector bananero, en la industria alimentaria en Colombia, donde supervisaba areas de sostenibilidad y medio ambiente. Allí fue responsable de controlar la aplicación de agroquímicos, velar por el uso de dosis seguras y la protección de los trabajadores. También presenció fumigaciones aéreas que mojaban a las personas –incluyéndola a ella– y fue tomando conciencia de los efectos acumulativos de estas sustancias, muchas de ellas con capacidad para alterar el sistema hormonal. “Para mí fue como entender que yo misma me estaba exponiendo a algo que podía afectar incluso a mi hijo, o a futuras generaciones”, cuenta Catalina, quien también es máster en Gestión de Flujo de Materiales en Alemania, y experta en Economía Circular. Hace 10 años, fundó su propia consultora, para abordar la relación entre productos, químicos y salud: Cadenas de Valor Sustentables (@cavsustentables), una empresa cuyo propósito es regenerar la salud del planeta y de quienes lo habitamos, y que incluso ha liderado la estrategia de economía circular para textiles del Ministerio de Medio Ambiente.

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Catalina Giraldo

“Hoy sabemos que hay más de 8.000 químicos utilizados en la industria textil, entre ellos el Bisfenol A (BPA) y los PFAS. Los PFAS se han usado durante décadas para repeler agua, aceite y suciedad. Son persistentes, difíciles de eliminar, y están asociados con alteraciones endocrinas, debilitamiento del sistema inmune y posible aumento en el riesgo de cáncer. El BPA, por su parte, es un plastificante presente en textiles sintéticos como poliéster o nailon, usado para darles propiedades antiestáticas, de absorción de humedad y fijación de tintes. Y está relacionado con trastornos metabólicos, infertilidad, cáncer de mama y próstata. Estudios en EE.UU. han encontrado niveles alarmantes de BPA en calcetines infantiles”, comenta Catalina.

– Hablas de que estas sustancias son disruptores endocrinos, y que están presentes en la ropa que usamos. ¿Usar ropa sin regulación nos está enfermando?

Es importante entender que los disruptores endocrinos (DE) son sustancias químicas naturales o sintéticas que pueden imitar o interferir con las hormonas del cuerpo. Estas sustancias están relacionadas con numerosos problemas de salud como coeficiente intelectual bajo, obesidad, diabetes tipo 2, defectos de nacimiento, infertilidad, endometriosis, TDAH, recuentos bajos de espermatozoides, autismo, cáncer de mama, entre otros. Los niños representan una población muy sensible, especialmente durante el embarazo. Entonces, sí: los químicos que contiene la ropa podría estar afectando nuestra salud, y sobre todo la ausencia de una legislación en materia de límites de residuos químicos, nos hace vulnerables a que la ropa que usamos pueda afectar nuestra salud. Un ejemplo son los conocidos casos en marcas de ultrafastfashion donde se han detectado niveles alarmantes de residuos químicos dañinos para la salud. Y quizás lo más mediático son los usos de químicos en la ropa, pero no es algo que solo tiene que ver con la ropa, sino que es mas bien transversal. En muchos productos estamos expuestos a ellos.

– ¿Qué diferencias has observado entre cómo se regula el uso de químicos en la ropa en Europa y Estados Unidos, versus lo que ocurre en Chile y otros países de Latinoamérica?

En Europa se aplica el principio de precaución: si hay sospecha de que una sustancia es peligrosa, se restringe. Estados Unidos, por ejemplo, exige más evidencia antes de regular. En Latinoamérica, las regulaciones son mínimas. Chile no cuenta con legislación específica sobre disruptores endocrinos en textiles. Eso significa que recibimos ropa con químicos que no podrían comercializarse en Europa.

¿Existen estudios que confirmen que la exposición a ciertos químicos presentes en las prendas puede afectar a largo plazo, incluso a nivel de generaciones futuras?

Sí. Se habla de efectos multigeneracionales (madre, feto y línea germinal) y transgeneracionales (afectación a generaciones que no estuvieron expuestas directamente). En el caso de textiles, esto se ha visto particularmente en la exposición a pesticidas del algodón, como el endosulfán o el DDT.

Desde tu experiencia, ¿qué deberíamos exigir como consumidores y qué medidas deberían tomar los gobiernos para protegernos de este tipo de exposición silenciosa?

Es urgente que Chile adopte una legislación sobre disruptores endocrinos. No solo por la salud pública, sino también porque enfocar recursos en prevención es mucho más eficiente que en tratamiento de enfermedades. Como consumidores, debemos exigir normativas claras, más transparencia, y apoyar iniciativas que impulsen estos cambios. Informarnos y movilizarnos puede marcar la diferencia.

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