Psicóloga laboral y especialista en mujeres, trabajo y discriminación, Carla Rojas: “La sororidad está en las acciones colaborativas”

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“En el 2011 me tocó ir a una faena minera por primera vez. Era un trabajo que supuestamente partía en marzo pero un día de febrero me llamaron para avisarme que se había adelantado y tenía que partir al día siguiente. Soy psicóloga laboral y me habían contratado desde una empresa contratista producto de unos accidentes que habían ocurrido en la minera, para ir a hacer cursos de Entrenamiento en Liderazgo y Prevención de Accidentes, además de investigar el maltrato y acoso laboral que ocurrían ahí.

No me dieron muchas indicaciones, tampoco me advirtieron cómo tenía que ir vestida o si hacía frío o calor, pero me subí al avión y llegué a Antofagasta. Ahí me pasó a buscar un chofer, y varias horas después llegué al destino. Cuando estaba en la fila para entrar, me di cuenta que estaba rodeada de hombres. Finalmente, tuve que meter mi mano a una cajita y me salió la pelota naranja, que significa que te tienen que hacer un examen de drogas aleatorio. Todos los que estaban a mi alrededor se rieron. Me subieron a una ambulancia y me llevaron al recinto de enfermería, donde también habían puros doctores hombres, y ahí tuve que hacer pipí con la puerta entreabierta.

En ese escenario, y después de haber vivido esas experiencias, volví finalmente a la mina. Ese fue un turno difícil porque me habían advertido que justo ahí no habían piezas para mujeres, por lo que tuve que esperar hasta muy tarde para poder irme a un campamento a dormir. A la mañana siguiente hacía mucho frío y salí de la ducha con el pelo mojado. Una compañera de otra empresa me vio y me preguntó si era mi primer día. Le dije que sí y me pasó su secador de pelo. Le pregunté entonces cuándo se lo devolvía y me dijo ‘déjalo en tu pieza, ahí vemos’. Ese pequeño detalle empezó a marcar la diferencia para mí.

Fue ahí, hace 10 años atrás, que me di cuenta de qué se trataba la sororidad; en una industria mayormente masculinizada, entre las pocas mujeres que hay, se genera una red de apoyo y una tribu. La sororidad estaba –y está– en esos pequeños actos colaborativos. Que luego una va replicando hacia con las otras.

Ese mismo día, cuando entré al casino, supe que los hombres todavía cuchareaban cuando una entraba, como se hace en la cárcel. Pero entre las mujeres nos miramos con una mirada cómplice y una de ellas levantó la mano para señalarme que me podía sentar con ella. Fueron ellas las que, sin conocerme, me hicieron sentir cómoda. Fueron ellas las que me ayudaron y asesoraron. Fueron ellas las que me hicieron una inducción, totalmente espontánea. Y eran mujeres de distintas empresas, distintos rangos, pero entre todas se acompañaban. Ahí me di cuenta que ocurría el mismo fenómeno que se da en los baños de las fiestas, cuando sin siquiera conocerte, una te presta el labial, la otra te dice que no llores y otra te pasa el confort. Eso mismo estaba pasando en la minera.

Así también pasó cuando terminé una relación de nueve años estando en plena faena. Un fin de semana me cambié de casa, porque con mi pareja habíamos estado viviendo juntos, y ese mismo lunes me tocó ir a trabajar. Durante todo el día estuve rodeada de hombres y me contuve los sentimientos, pero en la noche, cuando llegué a mi habitación, apenas abrí la puerta mi compañera me miró y me dijo ‘te separaste’. Me lo supo ver. Me acuerdo que me abrazó y lloré todo lo que no había podido llorar en la semana, entre el cambio de casa y el trabajo.

Esas situaciones se empezaron a dar con frecuencia. Durante esos cinco años me tocó viajar a distintas faenas y compartí piezas con muchas mujeres de distintas empresas. Algunas que se estaban separando, otras que estaban pasando por momentos de alegría, y cada una de esos sentires los compartíamos. Lo que sentía una, lo sentía la otra. Con cada una de ellas se fue forjando un lazo que dura hasta el día de hoy. Cada vez que me iba a otra región, les escribía y nos juntábamos a tomar un té hasta tarde o a fumar un cigarro. Pasaron a ser mi soporte y familia. Porque son esos gestos los que una agradece cuando está ahí, y son esos mismos gestos los que una va replicando. De ahí en adelante, cada vez que vi a una mujer nueva llegar a la faena con cara de perdida, le preguntaba si necesitaba algo y le pasaba mi secador o mi chaqueta.

Desde ahí que me he especializado cada vez más en temas de género. Hice mi tesis precisamente sobre la discriminación que sufrimos las mujeres en la industria minera y di cuenta, de manera cuantitativa, de lo que yo veía a diario; mujeres tomando pastillas para dormir y para despertar, y mujeres siendo tratadas de locas o conflictivas. Pero de base, eran mujeres que sufrían distintas discriminaciones directas o indirectas durante toda la jornada laboral. Por eso, quizás, se hacía tan necesario crear una red de apoyo.

La sororidad es importante porque nos hace entender que lo que sufre una no es individual, sino que algo estructural y sistémico que sufrimos todas. Eso es fundamental porque hace que entendamos a la compañera o a la colega. Se trata de algo implícito que quizás no se declara, pero está ahí, en cada acto y gesto colaborativo”.

Carla Rojas (39) es psicóloga laboral, especialista en género y fundadora de la consultora Diversity.

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