Columna de Ignacio Briones: Chile frente al neoproteccionismo

Donald Trump anuncia aranceles del 10% para Chile
US President Donald Trump holds a chart as he delivers remarks on reciprocal tariffs during an event in the Rose Garden entitled "Make America Wealthy Again" at the White House in Washington, DC, on April 2, 2025. Trump geared up to unveil sweeping new "Liberation Day" tariffs in a move that threatens to ignite a devastating global trade war. Key US trading partners including the European Union and Britain said they were preparing their responses to Trump's escalation, as nervous markets fell in Europe and America. (Photo by Brendan SMIALOWSKI / AFP)

"La economía libre retrocede y Adam Smith se revuelve en su tumba. Chile debe ponerse manos a la obra para mitigar los efectos adversos de un neoproteccionismo que, obnubilado, celebra con mal espumante al precio de un buen champagne".


El anuncio de EE.UU. de aplicar aranceles globales de al menos 10% cayó como un balde de agua gélida, aunque no fue del todo sorpresivo: fue una promesa reiterada durante la campaña presidencial. Chile quedará en el grupo de los países con el arancel mínimo de 10%, pero los efectos van más allá y pueden ser importantes. Por eso, sería valioso que, con visión de Estado y trascendiendo a un gobierno, construyamos a la brevedad un plan para mitigar los impactos futuros.

Aunque a siete de cada diez países se les aplicará solo el arancel base de 10%, un 50% del PIB mundial —concentrado en las principales economías fuera de EE.UU.— enfrentará nuevas tarifas mucho más altas: China (54%), la UE (20%), Japón (24%), India (26%) y Corea del Sur (25%), además de Canadá y México (25%). China ya ha respondido con represalias y no es descartable que otros hagan lo propio, intensificando la guerra comercial.

Los efectos arancelarios sobre el comercio pueden ser significativos. Aunque las estimaciones varían y dependen del país y tipo de bien, por cada 10% de aumento en el precio final de las importaciones se espera que estas se reduzcan en un 10% en el corto plazo y en un 20% en el largo plazo (Boehm et al., 2023). Aún es pronto para medir el alza en el arancel global, pero sin duda será significativa, sobre todo tras las represalias esperadas, mermando el comercio internacional.

Pero el impacto va más allá del comercio: también se traspasa al sector real. Una de las primeras cosas que enseñamos a los alumnos de economía es que el libre comercio no es un juego de suma cero, sino uno que hace crecer la torta. Desde Adam Smith, sabemos que genera eficiencia y crecimiento mediante la especialización y el aprovechamiento de ventajas comparativas. Un mundo más proteccionista crecerá menos y demandará menos productos importados, profundizando el efecto comercial.

El menor crecimiento derivado del canal comercial también amenaza al financiero. En países con altos niveles de deuda pública y déficits fiscales tras la pandemia, esto deteriora la capacidad de pago, elevando la prima de riesgo y depreciando los bonos soberanos. Esa mayor prima se traspasa a la economía, amplificando el deterioro del crecimiento. Además, en un contexto de tasas largas más altas, un menor crecimiento arriesga que la deuda no se estabilice, aumentando aún más la prima de riesgo. Por otra parte, la depreciación de los bonos soberanos golpea el balance de los bancos tenedores, comprometiendo su solvencia y pudiendo derivar en problemas financieros sistémicos como los de la crisis de la deuda europea 2010-12.

Aunque algunos piensan que los aranceles serán transitorios y podrán revertirse en el próximo gobierno estadounidense, esto es un error. El impacto arriesga ser más permanente. Incluso tras un breve periodo de cuatro años, la escalada de aranceles habrá impulsado el desarrollo de industrias locales en distintos lados. Y también de grupos de interés que dificultarán cualquier intento de reversión posterior. La historia latinoamericana de la posguerra ilustra este proceso.

Este es el panorama para Chile, y es un error pensar que el impacto se limita al arancel de 10%, que por ahora excluye al cobre y madera. Chile comercia globalmente, y si el mundo sufre, nosotros también. Un menor crecimiento global implica una menor demanda por productos chilenos. Por ejemplo, China (casi el 40% de nuestras exportaciones) podría reducir su crecimiento en hasta 2,5 puntos porcentuales (EIU, 2024; Citigroup, 2025). Además, un alto arancel sobre bienes finales de otros países es también un alto arancel sobre la exportación de bienes intermedios chilenos utilizados en su producción (como nuestro cobre y litio, esenciales para los autos eléctricos) Y, por si fuera poco, como lo muestra la historia, las guerras comerciales también afectan adversamente la inversión extranjera.

¿Qué puede y debe hacer Chile? Primero, ser prudentes, descartando de plano represalias que solo exacerbarían el daño a nuestra economía, pero al mismo tiempo siendo adalides del libre comercio en cada foro internacional. Segundo, tener un plan con mirada de Estado, sin buscar ventajas electorales, para anticiparnos y mitigar los efectos adversos de este nuevo escenario que amenaza con reducir nuestro ya mermado crecimiento tendencial y también la inversión extranjera.

Para ello, sería bienvenida una agresiva agenda corta pro inversión y crecimiento que, por ejemplo, contemple un acuerdo para una reducción más drástica de la “permisología”, así como contratos de invariabilidad tributaria para atraer inversión. Es fundamental, además, recomponer nuestros mermados colchones de ahorro, cuyo rol ha sido clave en turbulencias pasadas. Esto requiere un pacto de consolidación fiscal para los años a venir.

La economía libre retrocede y Adam Smith se revuelve en su tumba. Chile debe ponerse manos a la obra para mitigar los efectos adversos de un neoproteccionismo que, obnubilado, celebra con mal espumante al precio de un buen champagne.

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