Hubo un tiempo en que no teníamos una fiesta nacional, teníamos tres: el 12 de febrero, el 5 de abril y el 18 de septiembre. Era la "multiplicidad festiva" en el Chile republicano, como lo llama Paulina Peralta, autora del libro ¡Chile tiene fiesta! "En términos simbólicos, se creía que estas tres fechas conmemoraban una serie de sucesos que habían determinado la existencia política de Chile", explica la historiadora.

Hagamos memoria. El 12 de febrero de 1818 se realizó la "Jura de la Independencia", el 5 de abril del mismo año ocurrió la batalla de Maipú -victoria que selló la independencia de nuestro país- y el 18 de septiembre de 1810 se instaló la Primera Junta de Gobierno. Eso explica que las tres fiestas fueran vistas como trozos de una misma historia. Es más, se hacía una analogía con el ciclo vital. De esa manera, el 18 de septiembre era el nacimiento y la infancia, así como las otras dos fechas representaban la madurez.

Con el tiempo no sólo dejamos de celebrar dos tercios de las fiestas, sino que el sentido que le damos hoy al Dieciocho se aleja bastante de su origen. O, como dice el historiador Alfredo Jocelyn-Holt, hay mucho mito alrededor de esta fecha. "Primero, que nos hemos independizado; segundo, que nos independizamos de España; tercero, que en 1810 pasamos a ser una democracia; cuarto, que la independencia es el comienzo de Chile; quinto, que la independencia es una revolución. Como todos los mitos, tienen algo de verdad. Pero hay que volverlos históricos, cuestionarlos, problematizarlos". Algo que justamente hace Paulina Peralta en su libro: "El 12 de febrero era considerado como una fecha en la cual se selló el destino de los chilenos, no así el dieciocho", relata.

Sin embargo, la historia anota un solo ganador. ¿Qué pasó con las fiestas del 12 de febrero y del 5 de abril? La segunda duró poco. En 1824, un decreto declaraba que "no habrá en lo sucesivo más días feriados que el 12 de febrero por el aniversario de la declaración de nuestra independencia y el 18 de septiembre por el de la regeneración política de Chile". Interesante concepto el de regeneración. "Un segundo nacimiento", explica Paulina Peralta. La idea de un pueblo que vuelve a nacer. ¿Y el 12 de febrero? Un decreto de 1837 deja reducida esa fecha a pequeñas demostraciones que se pierden con el correr de los años.

Hace 180 años, entonces, el Dieciocho quedó sin competidores. Varias razones hubo: Las fiestas eran caras y el dinero escaseaba. El gobierno quería aumentar la productividad, razón por la cual se empeñó en reducir no sólo los festivos civiles, sino también los religiosos. Febrero, para remate, era época de trilla, de vendimia, y eso requiere fuerza laboral. Sumemos el hecho de que el Dieciocho era una celebración civil, en cambio las otras dos aludían a lo militar: el 5 de abril, por la batalla de Maipú, y el 12 de febrero coincidía con la batalla de Chacabuco, ocurrida en 1817. "El Dieciocho calzaba mejor con la imagen de una nación gobernada bajo el imperio de las leyes, del orden y la tranquilidad", escribe Peralta. Y está el factor de las rivalidades políticas, así como el estacional. "Las fechas excluidas aludían favorablemente a O'Higgins, a quien se le había hecho un golpe de Estado y se le había exiliado, y aun cuando el Dieciocho celebra una fiesta 'oligárquica', su cercanía con la llegada de la primavera presentaba una buena ocasión para ofrecerle al populacho la posibilidad de que hiciera su carnaval y se empachara a su antojo", dice Jocelyn-Holt.

A la hora de optar, también ayudó que la celebración del Dieciocho tuviera casi una década más de historia que sus competidoras. Algo que, según explica Peralta, tiene que ver con la legitimidad: cuantos más años tiene una nación, más madura se le ve. No hay duda. Chile tiene fiesta. Una sola. Pero no siempre fue así.