Desde hace poco menos de una década, las seis jornadas festivaleras tienen una especial fijación con los shows humorísticos. Durante esos días los chilenos nos transformamos en especialistas del ingenio, la ocurrencia y la ironía. Bajamos o subimos el pulgar según lo que nos provoca (o no) risas y tenemos discusiones bizantinas explicando por qué un comediante acertó o falló en su rutina.

Juan Pablo López, el cuarto humorista de esta versión 2025, cargaba en principio con varias cartas a su favor. Aunque tiene un millón de seguidores en Instagram, su rostro no es muy conocido para el gran público. Eso le quitaba responsabilidad. Y estar en una noche donde el rock es protagonista también le ayudaba porque, supuestamente, el auditorio es más relajado y menos solemne.

Vina del Mar, 27 de febrero 2025 El comediante Juan Pablo Lopez se presenta en la quinta noche del Festival de Vina del Mar 2025 Sebastian Cisternas/Aton Chile

El comediante entró algo cohibido, costreñido, y con un lenguaje facial severo, casi inexpresivo. Parecía sentir el peso de la noche. Ese nerviosismo se agudizó cuando la galería empezó a gritar por un desperfecto en la iluminación e interrumpió brevemente el show.

López apretaba y abría el puño de su mano izquierda, con la mirada fija, algo perdida, como si estuviera repasando mentalmente lo que venía a continuación. De a poco se fue soltando, desplegando confianza y mejoría.

Aunque tambaleó de entrada con ese humor noventero, heredero de Dino Gordillo, diciendo que le sacaban los piojos con parafina en su infancia y que los niños contemporáneos se aburrían si no tenían un Play, a diferencia de él que se entretenía con dos palos imaginando que jugaba con una metralleta, pronto corrigió y fue centrando su guión en tópicos de la vida diaria.

Revisa aquí la rutina de Juan Pablo López en el Festival de Viña 2025

Las vicisitudes de la existencia familiar, en lo que se habían basado los dos comediantes chilenos que estuvieron antes en la Quinta -George Harris no se asentó en nada-, dieron paso a situaciones cotidianas. Esa vuelta de tuerca generó adherencia en el auditorio. Retrató con humor el colapso del barrio Meiggs y analizó la escalada -y, a estas alturas, normalidad- de la delincuencia en Santiago. Ese click fue la llave maestra.

Ahí cambió todo. Aunque seguía concentradísimo y con un rictus impertubable que recordaba al humorista español Eugenio, se fue soltando y ganando su espacio. Brindó una breve reflexión política -algo en lo que había sido más punzante en su debut en Viña 2017-, hizo algunos chistes sobre Boric y fue desgranando pinceladas humorísticas con oficio de viejo zorro.

Con el auditorio más domado, generó uno de los momentos más divertidos cuando preguntó si alguien en el público jalaba cocaína. Hubo un segundo de silencio y luego risas. Tantas como cuando se quejaba de un molesto sonido de guitarra que, al parecer, salía de uno de los parlantes que tenía enfrente. Con capacidad para entretener, el auditorio reconoció su esfuerzo y le entregó dos Gaviotas. El bis, con el desprecio que le generan los corredores que publican en redes sociales sus entrenamientos y vida sana, y las diferentes facetas de los que roncan, terminaron con el show arriba, con la despedida perfecta. Juan Pablo López estuvo más sosegado que en su debut en la Quinta, pero tiene chispa y comicidad en sus representaciones. Fue una noche de éxito por donde se le mire.