Columna de Cristián Valdivieso: Chicha o chancho

Columna de Cristián Valdivieso: Chicha o chancho
Columna de Cristián Valdivieso: Chicha o chancho


Cuando alguien ambiciona más de lo que legítimamente le toca, en el campo dicen que esa persona quiere “chicha y chancho”. Esta expresión resume perfectamente la actitud de nuestra actual clase política. Una historia de nunca acabar que solo se ha agudizado, pese a que la lógica hubiera indicado que se morigeraría tras sus dos fracasos constitucionales.

Veamos. Los comunistas nos dicen que tienen derecho a estar en el gobierno y también en la calle alimentando la movilización social. Que pueden tener al subsecretario de Justicia mientras que impugnan a los tribunales con tal de defender a Jadue. Chicha y chancho.

Javier Macaya, el arrepentido ahora expresidente de la UDI, pretendió fungir como abogado de su padre utilizando su tribuna de autoridad, sin distinguir entre sus roles de hijo y senador. Chicha y chancho.

Parlamentarios frenteamplistas intentaron hacernos creer que el voto obligatorio que antes defendían y del que ahora quieren desentenderse es un voto antipobres. Como si fuera poco, en la expresión más burda del delirio lingüístico, imaginan posible convencernos de que existe algo así como un voto obligatorio sin multa. Chicha y chancho.

También quiere chicha y chancho esa bancada de los retiros, que desde hace años pretende terminar con las AFP vaciando las cuentas previsionales de los trabajadores para luego culpar al Banco Central por el desborde inflacionario.

Son solo ejemplos recientes que ilustran el espiral de desconexión en que ha reincidido la clase política. Un desacople de las subjetividades sociales que tuvo un paréntesis cuando se vieron realmente impugnados en 2019. Pareciera que nada de eso les importa. Pero pasa que, a pesar de que el juicio social sobre el estallido ha girado a negativo, sigue latiendo un malestar que se alimenta precisamente de la rabia de la ciudadanía por las inconsistencias de las élites políticas.

Una negación brutal de la realidad. Como si no hubieran estado contra las cuerdas cuando aprobaron dos procesos constituyentes, o como si fantasearan con que el temor imperante al crimen organizado los blindará de nuevas demandas y expresiones de rabia, o como si el estallido se explicara solo por “octubrismo”.

Cada cual se cuenta el cuento que más le acomoda, pero la verdad es que la clase política está más desconectada y cuestionada que en 2019. Obsesionados con enfrentamientos adversariales, despreciando los acuerdos y en disputas por hegemonías electorales que a pocos importan, los parlamentarios no logran dimensionar el Frankenstein que están incubando.

No logran o no quieren ver que para la ciudadanía se han transformado en prescindibles. Que han devenido en infructuosos que mucho cobran y poco aportan y que de tanta chicha y chancho día a día se llevan un pedacito de lo que queda de confianza en nuestra democracia.

Antes de que sea tarde, les propongo que partan por algo: reformen el sistema político para que, al menos institucionalmente, estén exigidos a elegir entre chicha o chancho

Por Cristián Valdivieso, director de Criteria

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