Columna de Paula Escobar: Arrinconados

Ximena Rincón al término de la sesión de la comisión de Hacienda del Senado, donde la prensa la espera para declaraciones pasillos del Congreso.


Lo que pasó esta semana en el Senado marcó un punto de inflexión. Como fue de público y estridente conocimiento, el espíritu más republicano, más dialogante, más serio, que se le atribuye con justicia al Senado, se rompió en un espectáculo bastante poco estético y, para muchos, bien poco ético. “Un portonazo”, lo calificó la senadora Vodanovic. El acuerdo administrativo de 2022 por la Presidencia del Senado (que puso a los senadores Alvaro Elizalde y Juan Antonio Coloma a la cabeza de la Cámara Alta, y que continuaba con una presidencia del PPD), se incumplió y el nuevo Presidente es el senador García Ruminot, de RN. ¿Por qué pasó esto? Porque el acuerdo mencionado implicaba que en la comisión de Hacienda habría un cupo para “la senadora DC Ximena Rincón”. Como ella ahora encabeza otro partido, el Demócrata, vino el debate sobre qué pesaba más: persona o partido. El oficialismo sostuvo -hasta la hora casi final- lo segundo, Demócratas y Chile Vamos, lo primero. Esto, sumado a la insólita e inentendible falta de disciplina partidaria -y de la más básica- del PPD, hizo que la senadora Rincón, Demócratas y Chile Vamos tuvieran un motivo para tirar el mantel del acuerdo, lo dieran por incumplido. Y entonces, la palabra empeñada se rompió, y el Senado se camarizó.

Un senador dijo que esto era una pelea entre dos personas que se odiaban (aludiendo a la senadora Provoste, a quien la DC pondría en ese cupo). Pero más allá de odios o simpatías personales, este es un problema que tiene profundas causas y consecuencias políticas e institucionales. En términos políticos, se estableció una “nueva mayoría” de derechas, pues Demócratas (¿y Amarillos?) terminaron, al parecer,”pasando por la libreta” su cruzada del Rubicón. Se oficializó su domicilio como parte de la oposición, como aliados de Chile Vamos, y acaso ya terminaron de quemar las naves con sus ex camaradas DC, ex Concertación y Nueva Mayoría. Y, aunque dicen que no harán pactos con Republicanos, es evidente que Chile Vamos hará todo lo posible por aliarse con ellos para las próximas elecciones municipales y presidenciales: a la hora nona, se juntan sin mucho trámite. Y es evidente, como pasó en el plebiscito del 17D, que pese a los alegatos de Demócratas y Amarillos respecto de que el P. Republicano estaba dándose gustos identitarios, no sólo no les hicieron caso, sino que además luego los tuvieron a ellos de voceros y defensores de aquella constitución.

Para el oficialismo, el efecto político de esto es evidente: se dificulta y hace aún más cuesta arriba su posibilidad de sacar adelante sus reformas, al perder la correlación de fuerzas 25-25, por 23-27 en el Senado. Los votos de los senadores Rincón y Walker no se podían contar a favor del gobierno, evidentemente, pero podían pivotar mucho más que ahora, en que están matriculados con la derecha, Pero además, y más serio aún, este episodio refleja los problemas estructurales de nuestro sistema político, que tiende a incentivar, justamente, estos escenarios de fragmentación y de emprendimientos políticos propios que abonan la balcanización y no la convergencia política. Conviene mucho más hacer un partido pequeño y propio que ser parte de uno más grande donde se es uno más. El pasto es mucho más verde haciendo un partido propio, todos intentarán hacer alianzas por esos votos esenciales en un escenario fragmentado. Ya pasó con el PDG, que fue cortejado por oficialismo y oposición, haciendo la vista gorda de que un “papito corazón” -que no puso un pie en Chile para hacer campaña- lo liderara. Simplemente no hay incentivos a converger, colaborar y a disciplinarse.

Por eso es necesario que, en medio de la pulsión paralizante y confrontacional, la clase política se ponga seria y de una vez haga la reforma al sistema político, en los términos en que la Comisión Experta Constitucional lo consensuó: 5% de umbral para tener representación parlamentaria, y que quien que deja el partido por el que fue electo, pierde el escaño. No se puede gobernar con más de 20 partidos, partidos que además se fragmentan y se desordenan, puesto que tienen mucho más poder e influencia “por la libre” que dentro de un partido. Este sistema fomenta el personalismo y también el caos, pues hace virtualmente imposible no solo llegar a acuerdos, sino que se cumplan. El lío del Senado no habría sucedido de estar vigente ese cambio, pues la senadora habría perdido su escaño al cambiarse de partido. El punto es que son esos mismos partidos chicos los que deben estar ahora de acuerdo con un cambio en el sistema que los perjudicará.

Difícil, pero no imposible. Si no, nuestra política seguirá acorralada, incapaz de sacar adelante nada. Si no se corrige el sistema político, los que lloran hoy por no poder avanzar, se reirán mañana, y viceversa.

Distintos elencos, pero el mismo baile que no lleva a ninguna parte.

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