Valparaíso, ¿una nueva “zona de sacrificio”?

La falta de inversiones y el vandalismo están creando una situación social insostenible, lo que requiere una urgente respuesta de sus autoridades.
El reciente cierre de emblemáticos locales en Valparaíso -como el tradicional bar Cinzano- ha vuelto a poner de relieve la magnitud de la crisis social y económica que golpea a la ciudad-puerto. Es un hecho que la pandemia del coronavirus y la extensa cuarentena que debieron soportar sus habitantes ha sido devastadora, pero la emergencia sanitaria solo ha venido a agravar una situación que se arrastra por mucho tiempo. No es casualidad que tantas voces vengan hablando desde hace años de la “decadencia de Valparaíso”, que se refleja en la destrucción o abandono de zonas patrimoniales, el deterioro de sus calles y fachadas, el aumento de la delincuencia y la proliferación del comercio ambulante.
La violencia inusitada que se desató en la ciudad tras el estadillo social ha sido un verdadero golpe mortal para la zona. Los saqueos y destrucción en el plan de Valparaíso así como en otras zonas llevaron a un desplome de la actividad turística y comercial, sin que existan expectativas de que tal catástrofe pueda ser revertida prontamente, en especial cuando los hechos de violencia no se han detenido. En la práctica, lo que está sucediendo es que se está empezando a dibujar una nueva “zona de sacrificio”, sin oportunidades económicas y a merced del vandalismo, un alto costo que injustamente deben pagar todos sus habitantes.
Se ha podido detectar que los campamentos han experimentado un alza en la ciudad, y las cifras de desempleo a nivel regional están por sobre el promedio nacional. La pobreza y hacinamiento alcanza también niveles de especial crudeza. Frente a esta realidad, es evidente que lo que más requiere Valparaíso es inversión y creación de empleo, pero es justamente allí donde se han dado señales muy contradictorias por parte del actual alcalde, quien ha tenido constantes roces con el sector empresarial, y en algunos casos ha encabezado una abierta oposición en contra de grandes proyectos de inversión, los que o no se han podido ejecutar o bien se han retrasado.
Es parte de las reglas del juego que entre inversionistas y autoridades locales puedan surgir disputas que terminen dirimiéndose en tribunales, como ha sido el caso aquí. Pero desde luego la señal que al final se transmite es que Valparaíso se ha convertido en una zona en que cada vez se hace más complejo llevar adelante grandes proyectos, cuestión que a la autoridad local pareciera no inquietarle demasiado. La aprobación o rechazo de proyectos depende por cierto de una institucionalidad que excede las atribuciones de un alcalde, pero el cuadro sería distinto si es que la autoridad comunal empeñara sus esfuerzos en ayudar a facilitar que la inversión fluya, y que no termine entrampada.
El grave deterioro de la ciudad ciertamente es el resultado de sucesivas gestiones edilicias, pero la actual tiene ahora la responsabilidad de hacerse cargo. Las denuncias de uso irregular de más de $ 900 millones correspondientes a fondos de la Subvención Escolar Preferencial -que han provocado un quiebre entre parte importante del concejo municipal y el propio alcalde-, así como acusaciones de falta de imparcialidad en la forma en que fueron designados directores de establecimientos educacionales, no constituyen una buena señal, sugiriendo que la prometida renovación en la gestión municipal no parece ser tal. Sin modelos de administración eficientes y alejados de las malas prácticas, los problemas no harán más que agravarse.
En este contexto, ha llamado la atención que el alcalde de Valparaíso haya formulado un llamado a los grandes grupos empresariales que operan en la ciudad para crear un fondo de emergencia que vaya en ayuda del comercio local. Sería bienvenido que esta petición -más allá de que prospere o no- fuese el inicio de una nueva etapa, en que comiencen a dejarse atrás los prejuicios y se apueste por una robusta alianza público-privada, lo que resulta crítico para Valparaíso. A ello deben sumarse esfuerzos de todas las autoridades por combatir la delincuencia y neutralizar el vandalismo, además de planes sociales para combatir la pobreza y falta de viviendas. No hay razón para que una ciudad llena de potencial turístico y que es un emblema en el mundo termine sumida en la tragedia del “sacrificio”.