“Estoy chato de la weona que se siente especial porque es mamá”

“Estoy chato de la weona que se siente especial porque es mamá”
“Estoy chato de la weona que se siente especial porque es mamá”

Esta semana seguimos con la historia de Juan Cristóbal, que dice estar agotado de su equipo de trabajo, como de la que es madre o de la que reivindica su identidad sexual en todas las presentaciones, y "del pelotudo que pide permiso para la fiesta de graduación de prekínder su hijo o de la pendeja que se tiene que ir temprano para pasear a sus mascotas…"



Adam Grant, reconocido bestseller y profesor de Psicología Organizacional en Wharton, sostiene en libros y entrevistas que la clave del éxito laboral no pasa -como muchos creen- ni por la inteligencia ni por la fortaleza mental, sino por la capacidad de “reconsiderar las cosas y olvidar todo lo aprendido”.

De hecho afirma, en el prólogo de Piénsalo Otra Vez, que más que cambiar nuestras respuestas, lo medular es pensar si hay que modificarlas, pues a sus ojos, padecemos de pereza cognitiva y de avaricia mental ya que “preferimos la comodidad de aferrarnos a nuestros viejos puntos de vista antes que asumir la dificultad de esforzarnos por encontrar otros nuevos.”

“Estoy chato de la weona que se siente especial porque es mamá”

Sí, este Top Voice de Linkedin (con casi seis millones de seguidores) se pregunta -en Piénsalo Otra Vez- ¿Por qué somos tan flojos? ¿Por qué evitamos cuestionar nuestras respuestas? ¿Por qué huimos de nosotros mismos?

Para este superventas estos incómodos cuestionamientos convergen en nuestro temor a vivir en un mundo más impredecible y en nuestra dificultad en “reconocer que la realidad puede haber cambiado y que aquello que en el pasado era correcto ahora quizás sea incorrecto”.

https://www.latercera.com/que-pasa/noticia/el-dia-en-que-mi-matrimonio-empezo-a-crujir/#

Hacernos estas y otras preguntas nos obligan a reconsiderar nuestras creencias más profundas, reconsideraciones que pueden amenazar nuestra identidad y “hacernos sentir como si estuviéramos perdiendo una parte de nosotros mismos.”

Con esto en mente, esta semana volvemos al diván del líder con Juan Cristóbal, cliente que -tras cinco años fuera del mundo corporativo- vuelve a asumir la gerencia de marketing de una importante aseguradora. A sus ojos es un milagro y una tabla de salvación. Un milagro conseguir un buen trabajo a los cincuenta. Y una tabla de salvación para su matrimonio.

Hola Sebastián, la semana pasada salí muy contento de acá. Sentí como si me hubiera sacado uno de esos cinturones de plomo que usan los buzos. Fue un alivio contarle a alguien lo que me estaba pasando y que no hubiera mayores consecuencias… pero supongo que cometí el típico error de amateur.

¿Cuál?

Mi señora me esperó en la casa con una copa de vino y los niños acostados. Hasta me hizo una tabla de picoteo, webada que en nuestros veintitantos años de matrimonio no recuerdo haya hecho. Bajo este embrujo me senté en el mesón de la cocina y con medio camembert en la guata y la copa llena de tinto respondí la pregunta fatal.

¿Cómo te fue en el psicólogo?

Exacto. Da lo mismo que le haya dicho que eres coach y que no haces terapia. En su cabeza logró mandarme al psicólogo porque claramente estoy mal. Pero dejé pasar la sutileza y empecé a fumar y hablar. Pese a los años de circo, se me sigue calentando el hocico y se me soltó la lengua. Me embalé y le terminé contando todas las cosas que hablamos. Y, sorpresa, me escuchó muy atenta. Nada de argumentos, críticas u opiniones. Solo preguntas. Y cuando empecé a lanzar mierda con ventilador sobre mi nuevo equipo y sus mañas, me empezó a pedir más detalles (silencio).

¿De qué?

Las mismas estupideces que te dije la semana pasada. Que estaba chato de la weona que se siente especial porque es mamá, del weon sensible que no tiene pareja, de la mina que reivindica su identidad sexual en todas las presentaciones, correos y WhatsApp, del pelotudo que pide permiso para la fiesta de graduación de prekínder su hijo o de la pendeja que se tiene que ir temprano para alimentar y pasear a sus mascotas…

Te pasaste un par de pueblos…

Y no me di cuenta. Y yo dale que dale pelando a todo el mundo. Y en eso mi señora me mira fijo y me dice… ojalá te hubieras parecido un poco a la gente de tu equipo. Ojalá hubieras ido a alguna de las cosas de los niños, me hubieras acompañado al doctor o simplemente te hubieras dignado llegar temprano para comer todos juntos y acostar, aunque fuera una vez en la vida, a los niños… ¿Cachai cuando te dicen que te sacaron el piso?

Puta, lo sentí literalmente. Sentí como si estuviera en un ascensor que se va a la chucha. Se me aceleró la cuchara, me puse a traspirar frío y me tuve que acostar en el piso de la cocina. Quedé paralizado y la Paula, que me miraba desde arriba sin jamás agacharse, me puteaba diciéndome que no podía creer que ahora que voy al psicólogo me dan ataques de pánico. No te voy a repetir las puteadas, pero no paró hasta que llegó la ambulancia. Ahí la weona recién se agachó, me dio la mano y se puso a llorar. ¡No sabía si me había vuelto loco o me iba a morir de un infarto! (silencio). Y cuando me levantan en camilla y veo a mis hijos en pijama… no… no vas a creer lo que pensé.

¿Qué?

Mi primer pensamiento fue… que bueno que la Paula los lleva al colegio. Acto seguido caché que era viernes y pensé… que bueno que es viernes… así no pierdo días en la pega… ¿Demente? Totalmente inmovilizado me fui pensando en lo que iba a decir en la oficina… hasta que me subieron a la ambulancia y me volví a encontrar con la Paula. Apenas cerraron las puertas me soltó la mano, se acabaron las lágrimas y siguió puteándome… que no puedo seguir viviendo las cosas así de intensamente, que tengo que aprender a parar, que antes vivía estresado porque estaba sin pega y que ahora estaba estresado porque no quería perderla. ¿Cuándo vas a disfrutar? ¿Cuándo vas a darte cuenta que, aparte de la pega y las lucas, tienes una familia? ¿Cuándo vas a atinar respecto a nosotros?

Se desahogó…

Te juro que nunca pensé que el trayecto a la clínica arriba de una ambulancia se pudiera hacer tan lento y largo. Paula estaba furiosa y solo paró de recriminarme cuando abrieron las puertas de la ambulancia. De ahí las cosas se aceleraron. Enfermeras, doctores. ¿Fuma? Si. ¿Toma? Si. ¿Regularmente? Todos los días. ¿Actividad física? Ninguna, ¿Familiares con enfermedades cardíacas? Sí. ¿Enfermedades importantes? Si. ¿Operaciones? Varias. ¿Familiares con enfermedades mentales? ¡Weon, parecía un robot diseñado para entrenar a futuros doctores! Y mientras más respondía, más imágenes, ecotomografías, agujas, resonancias. Después de webearme hasta el sábado al mediodía y descartar mil leseras, me dijeron que había sido un ataque de pánico, diagnóstico que dejó furia a la Paula y que coronó diciéndome… ahora que estai sanito te vai caminando a la casa. No me quedo un minuto más acá.

ambulancia

¿Caminaste?

¡Eso no fue lo peor! Tuve que hacer todo el papeleo con la Isapre, los seguros, cosas que no cacho nada. La Paula siempre hace estas webada y antes, cuando no podía, llamaba a mi secretaria para que me hiciera la paleteada. Sebastián, fue un infierno y me sentí absolutamente abandonado. Cuento corto, llamé a mi hermana y ella me rescató, pues estaba bloqueado. Y nada más salir me dijo Juancri, espero que este alcachofazo te haya pegado fuerte. Y con ternura me insistió en que no podía ser tan intenso y tan pastel y que si a mi intensidad basal le sumaba vino y puchos era una bomba de tiempo. ¡Mira el carné! Para rematarme concluyó que por suerte esto no había pasado en la semana, pues la guinda de la torta sería volver a patear piedras otros cinco años más.

Te repasó…

Sí, pero como me lo dijo con tanta ternura, fui capaz de tomarlo, pues con la Paula soy incapaz. Tienen razón las dos, en todo y tengo que llegar a estos límites para bajarme del pony, pues una pega nueva y una sesión de coaching no cambian nada. Tengo que desandar mucho camino y recuperar mucho territorio, tanto en la pega como en mi familia. Y al bajarme del auto de mi hermana sentí que de verdad este es un punto de quiebre y que, en vez de ser tan odioso con mi equipo, con la Paula y mis hijos, tengo que aprender de ellos y encontrar un nuevo equilibrio.

Para Adam Grant está claro que Juan Cristóbal -y todos nosotros- preferimos la comodidad de nuestras convicciones a la incomodidad de la duda y que tendemos a prestar mayor atención a las opiniones que nos hacen sentir bien, en vez de escuchar ideas que nos hagan pensar de verdad.

Solo después de pasar por la clínica y de ser abandonado en la burocracia hospitalaria, Juan Cristóbal reconsideró no solo lo que le dijeron su hermana y Paula, sino que se cuestionó sus creencias respecto a su equipo y a su forma de trabajar, pues tal como sostiene el autor de Piénsalo Otra Vez, nuestra forma de pensar puede convertirse en un lastre si no nos damos la molestia de cuestionarlo.

Ojalá no sea demasiado tarde para Juan Cristóbal.

Continuará…

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