La vida después de Bastián Bravo

Después de tres años de juicio, Iván Bravo y Mireya Sepúlveda buscan rehacer su vida luego de las acusaciones tras la muerte de Bastián (de 20 años). Mientras el padre fue absuelto, la madre recibió una sentencia a tres años de libertad vigilada, por el delito de abuso sexual en contra de su hija I.I.B.S. (de nueve años). Hoy, la menor está alejada de sus padres y permanece a cargo de una tía paterna. Su madre busca la nulidad del caso.




El matrimonio habita una casa de tres pisos, custodiados por un perro bóxer que se pasea desafiante por el amplio antejardín de un terreno ubicado en Estación Central. Una casa enorme para dos. La villa en la que viven Mireya Sepúlveda (47) e Iván Bravo (50) es un montón de casas pareadas que rodean la plaza donde los niños, que abundan en el lugar, juegan al mismo tiempo en que sus padres conversan. De noche, la plaza se convierte en el lugar donde los adolescentes se divierten. Ahí, era común ver junto a sus amigos a Bastián Bravo Sepúlveda (20). Su hermana, I.I.B.S. (9), jugaba ahí durante el día.

Sepúlveda y Bravo viven un encierro autoimpuesto en su hogar tras un largo juicio que se abrió luego de la muerte del  joven, el 13 de noviembre de 2013, y que derivó -de manera sorpresiva- en la condena de la mujer por abuso sexual en contra de su hija menor.

La excepción son las salidas diarias que realiza Bravo, ingeniero en administración de empresas, para ir trabajar. Sepúlveda, en cambio, es dueña de casa, sus salidas son esporádicas y generalmente de noche para pasear a su perro o ir a comprar algo al negocio que está a tres cuadras de su hogar. Los vecinos casi no la ven, y cuando eso ocurre, hay un rechazo inmediato. “Acá todos la odiamos por lo de sus hijos”, dice una vecina que prefiere resguardar su identidad. El último recuerdo que tienen de ella ocurrió hace algunas semanas, cuando, según Rosa Castro, vecina de la mujer, “tuvo problemas porque suelta a su perro grande, que es muy bravo, y se les tira a los niños y a otros perros más chicos, pero ella no entiende eso”.

Antes de la desaparición y la posterior muerte de Bastián, la pareja tampoco era cercana a su entorno ni entre ellos. La relación estaba marcada por la compleja crianza de sus dos hijos, que tuvo vaivenes hasta que la familia se disgregó en 2013, tras la investigación que se abrió contra ellos en medio de los tres meses que se demoró la búsqueda del cuerpo de su hijo.

El matrimonio, pese a todo lo que han vivido, se mantiene viviendo unido.

El 13 de noviembre de 2013, según consta en el expediente de la investigación, Bastián llegó gritando en reiteradas ocasiones a la pieza de sus padres: “Mamá, mamá, me viene a buscar Dios. ¡Estuve con Dios, mamá!”. Eran las seis de la mañana y los padres intuían que ese era uno de los cuantos episodios en los que Bastián estaba bajo el efecto del alcohol o las drogas. Por lo mismo, le pidieron que se tranquilizara. El joven no hizo caso: seguía gritando eufórico mensajes sobre Dios, lo que terminó por irritarlos y le ordenaron que se fuera a acostar inmediatamente. El chico, indignado, ingresó a su pieza y cerró la puerta con pestillo.

Sepúlveda, temiendo que Bastián pudiera hacerse daño, se puso tras la puerta y le dijo: “Un cristiano que atenta contra su vida se va al infierno”.

Poco después, el joven salió de su casa en una bicicleta mountain bike dorada y con un bolso negro en el que llevaba algunas poleras, audífonos y un perfume. También llevaba una Biblia.

Meses antes, había empezado a acompañar a su madre a una parroquia cercana a la casa, a la que también llevaban a su hermana. Desde entonces, según el expediente del caso, era frecuente que Bastián consumiera marihuana y, según su ex compañero del Liceo Estación Central, Robert Montoya, “LSD, pasta base de cocaína y cocaína, lo que se sumaba a alcohol en exceso y licores fuertes”, consumo que terminaba usualmente en delirios religiosos como el de esa mañana, en la que se fue a pasear a un cerro de Pudahuel, el mismo  en el que fue encontrado muerto tres meses más tarde.

Sepúlveda y Bravo pusieron el primer día una constancia por presunta desgracia en la subcomisaría de Carabineros en la población Alessandri. A los cinco días aparecieron en todos los canales de televisión pidiéndole a Bastián  que volviera a casa: “Te juro que voy a cambiar”, prometía su madre. Para encontrar rastros del joven, funcionarios de la PDI ingresaron al computador familiar que compartían en la casa. Ahí el caso dio un giro: fue encontrada una serie de 17 fotografías sacadas en ráfaga el 8 de octubre de 2013, en las que aparecía I.I.B.S., hermana menor de Bastián, completamente desnuda, en imágenes que hicieron sospechar eventual abuso.

La fiscalía dio la orden de incautar los computadores y celulares del inmueble y los padres quedaron inmediatamente en prisión preventiva durante los 541 días en los que fueron investigados por abuso sexual y porte de pornografía infantil.

¿En cuántas oportunidades le sacó fotos de las partes íntimas a su hija?

En dos o tres oportunidades. No recuerdo bien-, contestó Mireya Sepúlveda al psiquiatra Raúl Riquelme, según consigna el informe pericial médico psiquiátrico perteneciente a la carpeta de investigación del caso. En ese mismo informe, se establece que la mujer padece un trastorno de personalidad limítrofe agravada por un alcoholismo que le generó daños neurocognitivos. Sin embargo, “no se encuentran características perversas pedófilas en la imputada”.

El juicio duró tres años. La versión de Sepúlveda confirmaba el hecho: según ella, por “amor y cariño” fotografiaba a su hija sin ropa. Se estableció que las fotografías no fueron compartidas con nadie y sólo tenía conocimiento Iván Bravo, su pareja y padre de la niña. También se dijo que Bastián Bravo podría haber visto esas fotografías. A la fiscal de la zona Centro Norte que estuvo a cargo del caso, Paola Trisotti, le llamó “mucho la atención el hecho de sacar a Bastián al baile diciendo que era drogadicto y alcohólico, o que él había pasado las fotos al computador. Finalmente, él no estaba. ¿Para qué hablar tanto de él si ya se sabía lo que pasó con eso? Querían trasladarle la responsabilidad a él”. El relato que inculpaba al menor no tuvo éxito.

“Las fotos las tomó mi señora, y no me parecen preocupantes”, declaró, según el expediente, Iván Bravo. Sin embargo, había una diferencia: las fotografías fueron sacadas con el celular de Sepúlveda. Bravo no tenía conocimiento de dónde se encontraban éstas. Según él, en varias oportunidades le pidió que eliminara las imágenes.

Según se detalla en la investigación, esa disputa por las fotografías era recurrente en su relación.

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Mireya Sepúlveda e Iván Bravo empezaron su relación en 1992, cuando él estudiaba administración y ella se preparaba para ser contadora. Según la declaración de Susana Bravo, hermana de Iván, en esa época él contaba que, simplemente, se había encariñado con una mujer. La versión cambió cuando ella empezó a ir a la casa y lo buscaba, según la hermana, “muchas veces de forma molesta”. Además, recuerda que “cuando (él) salía a hablar con ella, me daba cuenta de que discutían mucho”. Ahí recién cayó en cuenta de que ambos estaban sosteniendo una relación seria.

En esa época, ambos vivían con sus respectivos padres. Fue ese año en que, tras un descuido, Sepúlveda quedó embarazada de Bastián, quien nació en julio del siguiente año. En Cerro Navia, ella vivía junto a sus padres y a sus tres hermanas menores, quienes reprocharon su embarazo categóricamente. Desde entonces, la relación familiar se mantuvo frágil y distante, lo que generaba discusiones y un ambiente intranquilo para vivir con su hijo. Por lo mismo, su pareja hizo las diligencias en el tribunal de familia para tener “la custodia legal de mi hijo, por lo que vivió conmigo en la casa de mis padres”, declaró el hombre.

En noviembre de 2006, y ya viviendo juntos, nació su hija menor. La relación de ambos tuvo dificultades, pese a la estabilidad económica que vivían, puesto que Mireya tenía tendencia a consentir demasiado a Bastián, lo que se agudizaba por un trastorno depresivo mayor que, cada cierto tiempo, se trataba.

El contraste en las historias de vida de la pareja era evidente: si bien Iván Bravo no era hijo biológico de los padres que lo criaron, su infancia no tuvo mayores sobresaltos, puesto que fue adoptado por una familia donde siempre fue tratado como un integrante regular del hogar. Su padre era chofer particular y su madre se encargaba de los asuntos del hogar. En la ficha del peritaje psiquiátrico, no se le adjudica trastorno alguno a Bravo. La historia de Sepúlveda, por el contrario,  era disruptiva.

Eliana Vivar Navarro (64), madre de Mireya Sepúlveda, en su declaración judicial reconoce que su hija fue producto de una violación sufrida cuando ella tenía 16 años. Tras el nacimiento, Vivar dejó a su hija en Valdivia en las manos de su madre alcohólica para ir a trabajar a Santiago. Mireya, entonces, pasó a beber alcohol desde muy pequeña.

A los 17 años supo por primera vez que su nacimiento fue producto de una violación. La pericia psicológica forense indica al respecto que a raíz de aquella noticia y sus carencias afectivas de infancia, Mireya “necesita la atención de terceros para su fortalecimiento”, además de tener una estructura “extremadamente sobreprotectora con sus hijos”, y se establece que su patrón de respuestas tiene un “tono emocional marcadamente depresivo”.

Desde hace cinco años, la mujer asistía frecuentemente junto a su hija menor a misa. Elizabeth Correa Illanes (55), misionera de la Iglesia del Ejército de la Salvación, conocía el problema de alcoholismo a fondo: “Ella me lo confesó cuando la conocí”. A eso se sumaba la difícil relación que tenía con Bastián. “La primera vez que vino aquí, nos pidió a todos que por favor rezáramos por él”, consignó Correa.

Meses antes de su desaparición y posterior muerte, Bastián asistía a un tratamiento psicológico junto a su madre. Ambos por depresión. El mismo mes en que el joven murió en un cerro ubicado en Pudahuel producto de una caída y, según peritos del Laboratorio de Criminalística, bajo el efecto de drogas de desconocida procedencia, ambos habían dejado de asistir al tratamiento.

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En el expediente del caso no existe ningún testimonio de la menor. Sólo hay una versión en la que, supuestamente, ella declaró haber sido abusada por sus padres, conversación de la que no hay grabación y que fue tomada por una funcionaria policial. La fiscal de la zona Centro Norte que estuvo a cargo del caso, Paola Trisotti, defiende esa versión: “En ese relato la niña declara cosas concordantes con la declaración. Por algo acá hubo condena”. El informe del Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales, sin embargo, hizo la pericia que por protocolo se realiza a menores. Según el informe, la niña no tuvo conductas ni dichos que indicaran señales de abuso. Fue la propia madre quien asumió haber realizado tocaciones a la menor, declaraciones que se encuentran en la carpeta investigativa. Bravo, en cambio, aseguró no haber realizado actos impropios contra su hija, lo que confirmó Sepúlveda. “El lenguaje utilizado por la niña en ese supuesto relato es imposible para una niña de seis años”, asegura el abogado de la pareja, Alex Carocca.

Desde entonces, la pareja tuvo que tomar distancia absoluta de su hija, situación que esperan que mejore. Hoy  I.I.B.S. se encuentra bajo el cuidado de familiares paternos. Esto, pese a que hace un mes la justicia absolvió de las acusaciones a Bravo, aunque Sepúlveda fue condenada a tres años y un día por abuso sexual y libertad vigilada intensiva, por lo que se mantiene en su casa bajo la custodia de funcionarios policiales que de vez en cuando visitan su hogar. La mujer, desde que se inició el caso, fue convencida por sus abogados para hacerse un tratamiento para controlar su salud mental y alcoholismo.

Tras la condena, Carolina López y Alex Carocca, abogados de la pareja, interpusieron un recurso de nulidad por inconsistencias en la investigación. “Los funcionarios policiales que dicen que la niña confirmó abuso sexual fueron perseguidos después por obstrucción a la investigación. Así no se sostiene la investigación”, aclara Carocca.

Los padres de Bastián Bravo han sido cautelosos al reinsertarse. Bravo ha optado por no visitar a su hija, pese a que puede hacerlo. Su recelo y el de quienes eran sus cercanos ha aumentado al punto en que los amigos se han reducido y sólo hablan escuetamente con la vecina que vive al costado izquierdo de su casa. Cuando tocan el timbre, ellos salen y antes de saludar preguntan si son periodistas, para luego volver a encerrarse en su casa. “Sólo se tienen entre ellos”, dice Rosa Castro.

El recurso de nulidad es el último esfuerzo para demostrar que son inocentes. Recurso que hoy está a disposición de la Corte de Apelaciones y que aún esperan.

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