Reforma tributaria: una buena propuesta

La propuesta del gobierno en materia tributaria es acertada y equilibrada, ya que corrige errores de la reforma del 2014, principales responsables del alicaído crecimiento de la administración anterior. Los méritos de la modernización planteada son tres: la integración total del sistema eliminando la renta atribuida, el perfeccionamiento de la norma antielusión y la creación de la defensoría del contribuyente.
La primera medida implica una rebaja del impuesto a los retornos del capital invertido a través de sociedades anónimas. Ello es adecuado, porque ese tributo, al igual que al calcular los gastos en peajes de la carretera a Viña del Mar, corresponde a la suma de lo pagado en las distintas plazas. Aunque en el papel la reforma anterior fijó una tasa corporativa de 27%, ese es solo el primero de los peajes en un camino que tiene dos: el corporativo y el personal. La suma de ambos, que es la que importa al inversionista cuando evalúa un proyecto, dejó en los hechos el impuesto a los retornos de capital en 44,45%.
Por su parte, las otras dos modificaciones propuestas son muy necesarias para dar mayor certeza jurídica. Si los contribuyentes son percibidos como potenciales delincuentes, pocos jóvenes con buenas ideas y espíritu emprendedor querrán aventurarse por la senda del emprendimiento. Cuando en un país el Servicio de Impuestos Internos gana la mayoría de las causas, el costo tributario esperado de quien evalúa un proyecto, sin duda, excede ese 44,45%.
La modernización tributaria presentada por el gobierno del Presidente Piñera, en la práctica, rebaja el impuesto corporativo por medio de la integración, pero al mismo tiempo es neutra o incluso recauda algo más, gracias a una menor evasión de IVA y nuevos impuestos digitales. En consecuencia, no tiene lógica que terceros pidan compensar lo que no necesita ser compensado con una mayor tasa marginal de impuesto personal. Además, ello resultaría perjudicial para la reducción de la desigualdad por sus implicancias en la acumulación de capital humano.
El capital humano es la principal empresa de una economía. Es en lo que más invierte el país año a año (recordar el enorme esfuerzo financiero que implica la gratuidad en educación), y constituye la principal fuente de movilidad social. Su contribución al PIB y al bienestar es enorme y corresponde al esfuerzo de arquitectos, abogados, médicos, ingenieros, artistas, deportistas o músicos, entre muchos otros profesionales y técnicos.
Pasarle la cuenta al capital humano por una supuesta rebaja a la tasa corporativa es un error. El costo de capital en una economía abierta incorpora tanto las tasas corporativas como las tasas personales de impuestos, las que se multiplican. En cambio, para las personas naturales, para los profesionales que trabajan en las empresas, quienes no descuentan gastos ni difieren ingresos, una modificación así no sería neutra, ya que aumentaría el costo de la inversión en capital humano después de impuestos.
Ese planteamiento es también un error dinámico, porque la experiencia indica que en materia tributaria todo lo que sube se queda arriba y todo lo que baja sube (como lo demuestra la propuesta de volver al 40%). En ese escenario, la expectativa racional de los inversionistas que planifiquen a más de tres años y medio será que la rebaja de la tasa corporativa durará poco en el tiempo. Con ello, en el equilibrio final terminaríamos con un alza en la tasa personal, sin el beneficio de la rebaja a la tasa de impuesto corporativo, lo que implica un costo de capital mayor también para las empresas. Es por ello que acertadamente el ministro de Hacienda, entrevistado en el Chile Day, le ha cerrado la puerta a esta alternativa.
Si de lo que se trata es de generar propuestas provocativas, resultaría menos distorsionador reemplazar el impuesto a la renta por uno al gasto. Claro está que la transición no sería sencilla, puesto que quienes ya pagaron por sus ingresos no debieran pagar dos veces (cuando ganaron y cuando gasten). Una alternativa a considerar sería la de igualar las tasas en un 30% (flat tax), subiendo la tasa corporativa tres puntos y bajando en un 5% la tasa marginal máxima de las personas. Con ello se aumenta el impuesto a las utilidades retenidas, pero se reduce el de los dividendos, por lo que el costo de capital cae para ambas inversiones (capital corporativo y humano). Dicha medida generaría una recaudación mayor al principio y creciente en el tiempo.
Es de esperar que la propuesta del gobierno avance en los términos en que fue planteada, porque es una buena propuesta. Obviamente, ha encontrado barreras en el camino. Partiendo por los padres de la reforma tributaria de 2014, que no han sido capaces de reconocer que su obra es defectuosa y que requiere de cambios para recuperar la capacidad de crecer. Solo el doctor Frankenstein se aferra a su creación sin reconocer sus limitaciones. Ha llegado la hora de que esa criatura ingrese al quirófano para darle un alma más benévola con el desarrollo, el empleo y los salarios, materia prima esencial en la batalla contra la pobreza y desigualdad.
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